El régimen de Cuba permite la venta de carne de res y caballos

Cuba permite vender más carne de res y caballo después de 67 años de restricciones y cubanos en prisión

El régimen de Cuba flexibiliza las reglas ganaderas mientras la escasez de alimentos golpea a la población

El Gobierno de Cuba acaba de introducir un cambio que, sobre el papel, puede parecer limitado al sector agropecuario, pero que en realidad revela mucho sobre la profundidad de la crisis económica y alimentaria que atraviesa la Isla.

La Resolución 162/2026 del Ministerio de la Agricultura modifica las normas relacionadas con el sacrificio, consumo y comercialización de carne de ganado bovino y équido. La medida permite a propietarios de animales acceder a nuevos mecanismos para comercializar la carne que obtengan, siempre que cumplan con los requisitos establecidos por las autoridades.

Las reglas son cambiadas luego de 67 años de restricciones y de prisión a muchos cubanos y en momentos en que el país enfrenta una fuerte escasez de alimentos, combustible y otros productos básicos.

Pero detrás de esta modificación aparece una pregunta mucho más importante:

¿Está Cuba finalmente reconociendo que necesita darle más libertad al campesino para producir, vender y negociar, o simplemente está intentando apagar otro incendio provocado por la crisis?

¿Qué cambió exactamente?

La nueva normativa sustituye regulaciones anteriores y establece procedimientos actualizados para que los propietarios de ganado bovino y équido puedan sacrificar sus animales, consumir la carne y comercializar los productos derivados dentro de los destinos autorizados.

Sin embargo, no se trata de una liberalización completa. El productor continúa obligado a cumplir diferentes controles administrativos y sanitarios.

Para sacrificar un animal debe solicitar el correspondiente certificado veterinario y posteriormente tramitar el pase de tránsito necesario para trasladarlo hacia un matadero o una instalación de sacrificio autorizada. La carne, además, debe someterse a inspección veterinaria.

Es decir: Cuba flexibiliza, pero no libera completamente.

 

 

Los campesinos podrán comercializar la carne

Uno de los cambios más importantes está relacionado con la comercialización. La normativa establece que las carnes y productos obtenidos después del faenado que no sean destinados al consumo del propietario podrán ser comercializados en los diferentes destinos autorizados.

También se abre espacio para que los precios puedan establecerse mediante acuerdos entre compradores y vendedores, lo que introduce un elemento de mercado dentro de un sector que durante décadas ha estado sometido a fuertes controles estatales.

Este detalle puede ser mucho más importante de lo que parece. Cuando el productor tiene mayores posibilidades de decidir dónde vender y negociar el precio, aumenta potencialmente el incentivo para producir.

Y ese es precisamente uno de los grandes problemas de la agricultura cubana.

Una vaca no se produce con consignas

La realidad del campo cubano es mucho más complicada que cualquier resolución publicada en la Gaceta Oficial.

Criar ganado requiere alimentos, agua, medicamentos veterinarios, combustible, transporte, infraestructura y seguridad.

Durante años, los productores han enfrentado restricciones y dificultades para adquirir insumos y comercializar libremente su producción. El resultado ha sido una producción insuficiente y una oferta de carne muy limitada.

Por eso, la nueva medida puede interpretarse como un reconocimiento indirecto de una realidad que durante décadas fue difícil de admitir: sin incentivos económicos, es muy difícil aumentar la producción agrícola.

El caballo también entra en la ecuación

Uno de los aspectos más llamativos de la nueva regulación es que incluye específicamente al ganado équido.

Los caballos adultos destinados al sacrificio deberán alcanzar un peso mínimo de 280 kilogramos, mientras que determinadas hembras no aptas para reproducción tienen requisitos específicos.

La normativa establece además condiciones relacionadas con la voluntad del productor y la ausencia de una tasa de extracción para los équidos.

Esto representa un cambio relevante en la forma en que el Estado regula la utilización económica de estos animales. Pero también muestra hasta qué punto la crisis alimentaria obliga a La Habana a buscar fuentes adicionales de proteína animal.

Incluso quienes no poseen tierras podrán engordar determinados animales

Otro cambio significativo es la posibilidad de que personas naturales que no sean propietarias o usufructuarias de tierras puedan dedicarse al engorde de determinadas categorías de ganado, como terneros y añojos, siempre que cumplan con la inscripción y los requisitos sanitarios correspondientes.

Esta disposición merece especial atención. Porque durante décadas, la estructura agrícola cubana ha estado estrechamente vinculada a la propiedad o usufructo de la tierra.

Ahora el Gobierno abre una puerta para que otras personas participen en una fase concreta de la producción ganadera. No es una revolución económica. Pero sí es una señal de que el modelo necesita nuevos incentivos.

¿Una verdadera apertura o una reforma a medias?

Aquí comienza la parte más polémica. Para algunos analistas y productores, flexibilizar la comercialización puede representar un paso positivo.

Si un campesino sabe que podrá obtener mejores ingresos por criar un animal y vender legalmente su carne, tendrá un incentivo económico para aumentar su producción.

Pero existe otro problema. La libertad de vender no sirve de mucho si el productor continúa enfrentando dificultades para conseguir alimento animal, combustible, medicamentos, transporte o materiales.

En otras palabras: no basta con permitir vender la carne; hay que permitir producirla.

La contradicción del modelo cubano

La medida también expone una contradicción histórica. Durante décadas, el sistema económico cubano mantuvo un enorme control sobre la producción, distribución y comercialización de alimentos.

Sin embargo, ante la crisis actual, el Gobierno está recurriendo cada vez más a mecanismos que tienen características propias de una economía de mercado.

Precios acordados. Menos intermediarios obligatorios. Mayor participación privada. Nuevas posibilidades para cooperativas y MiPymes. Y mayor libertad para determinados productores.

La nueva normativa ganadera encaja precisamente en esa tendencia.

El Decreto-Ley 161/2026, relacionado con la comercialización agropecuaria, contempla mecanismos para reducir la intermediación obligatoria y ampliar determinadas posibilidades comerciales para productores, cooperativas y MiPymes.

¿Está Cuba aprendiendo la lección del mercado?

La pregunta es inevitable. Si permitir que el campesino venda directamente puede aumentar la producción, ¿por qué estas posibilidades no se implementaron antes y de manera mucho más amplia?

La respuesta probablemente tenga que ver con la propia evolución del modelo económico cubano. La Habana ha intentado durante décadas mantener el control estatal sobre sectores estratégicos mientras enfrenta simultáneamente una economía cada vez más debilitada.

El problema es que la agricultura responde a incentivos muy concretos. Un campesino necesita saber que el esfuerzo de criar un animal durante meses o años tendrá una recompensa económica.

Si producir resulta más caro que lo que puede obtener por la venta, el incentivo desaparece.

El gran desafío: que la carne llegue al consumidor

La modificación de las reglas puede aumentar la oferta, pero todavía queda por demostrar si tendrá un impacto significativo en los hogares cubanos.

La pregunta no es solamente cuántos productores podrán vender carne. La pregunta fundamental es: ¿cuánta carne adicional llegará realmente a los mercados y a qué precio?

Si la producción aumenta, pero los costos continúan siendo extraordinariamente elevados, la carne podría seguir fuera del alcance de una gran parte de la población.

Y ese sería el gran fracaso de la reforma. Porque producir más no es suficiente. Hay que conseguir que el consumidor pueda comprar.

La carne de res: símbolo de una economía enferma

En Cuba, la carne de res tiene además una dimensión simbólica.

Resulta difícil explicar la situación actual de un país que posee tierras agrícolas, tradición ganadera y una larga historia de producción de carne, pero donde este alimento se ha convertido en un producto difícil de conseguir para buena parte de la población.

La escasez no es nueva, lo nuevo es la magnitud del problema. Y ahí es donde la Resolución 162/2026 adquiere una importancia política.

Porque si el Gobierno necesita flexibilizar las reglas para que los propios productores puedan vender carne, está reconociendo implícitamente que el mecanismo anterior no estaba produciendo los resultados necesarios.

Las redes sociales reaccionan: ¿“libertad” para vender o permiso para sobrevivir?

La noticia ha generado comentarios y debate en plataformas digitales y medios dirigidos a la comunidad cubana. Entre los sectores críticos del Gobierno cubano, el anuncio ha sido recibido con escepticismo.

El argumento más repetido gira alrededor de una pregunta sencilla: ¿Por qué el campesino necesita una nueva resolución para vender legalmente algo que él mismo produjo?

Es necesario recordar que cientos de personas fueron privadas de su libertad y condenadas con largas condenas por sacrificar una res, aunque esta fuera criada por ellos mismos y hoy el régimen comunista no emite ni siquiera una disculpa pública.

Otros usuarios consideran que, aunque limitada, cualquier reducción de los controles burocráticos puede ser positiva. En el otro extremo, defensores de la política oficial destacan que las nuevas medidas pueden incentivar la producción y ampliar los canales de comercialización.

La discusión revela algo importante: la sociedad cubana está cada vez más interesada en soluciones económicas concretas y menos en explicaciones ideológicas.

La población quiere alimentos, y quiere poder comprarlos.

El Gobierno necesita resultados, no solamente resoluciones

La publicación de una nueva norma no garantiza que la producción aumente. Cuba ha producido durante años una enorme cantidad de leyes, resoluciones, decretos y regulaciones.

El problema ha sido llevar muchas de esas disposiciones a resultados concretos. Por eso, la verdadera prueba de esta reforma comenzará cuando llegue al campo.

Habrá que observar si aumenta el sacrificio legal de ganado. Si crece la producción, si aparecen nuevos vendedores, si disminuye la intermediación, si los precios se vuelven más competitivos y sobre todo, si la población encuentra más carne en los mercados.

¿Puede esta reforma cambiar la agricultura cubana?

Por sí sola, probablemente no. La producción ganadera requiere una transformación mucho más profunda.

Cuba necesita mejorar el acceso a alimentos para animales, medicamentos veterinarios, combustible, tecnología, maquinaria, crédito e inversión. También necesita seguridad jurídica para los productores.

Y necesita que quienes producen puedan conservar una parte razonable del fruto de su trabajo. La Resolución 162/2026 puede ser un paso en esa dirección.

Pero sería insuficiente si permanece acompañada por una estructura económica que continúe limitando la iniciativa privada.

Cuba ante una encrucijada

La nueva normativa ganadera llega en un momento particularmente delicado. La crisis económica, los apagones, la escasez de alimentos y el deterioro de los servicios básicos han aumentado la presión sobre el Gobierno cubano.

Ante esa realidad, La Habana parece estar experimentando con una mayor dosis de mecanismos de mercado. El problema es que cada nueva flexibilización plantea una pregunta incómoda:

Si el mercado puede ayudar a producir más alimentos, ¿por qué no permitirle actuar con mayor libertad?

Cuba se encuentra ante una encrucijada. Puede continuar modificando parcialmente las reglas mientras mantiene una estructura económica altamente controlada.

O puede avanzar hacia un modelo donde los productores tengan verdadera libertad para producir, invertir, contratar, comerciar y obtener beneficios.

Una res no entiende de ideología

Hay una conclusión que puede parecer sencilla, pero que resume perfectamente el problema. Una vaca no entiende de socialismo ni capitalismo. El campesino tampoco puede alimentar a su ganado con consignas políticas.

Necesita comida para los animales, agua, medicamentos, combustible y un mercado donde pueda vender su producción.

Si las nuevas reglas permiten que esos incentivos funcionen mejor, Cuba podría comenzar a recuperar parte de su producción ganadera.

Pero si la reforma se queda solamente en una nueva capa de regulaciones sobre un sistema que continúa limitando la iniciativa económica, el resultado será otro conjunto de normas sin suficiente carne en los mercados.

Y esa será la verdadera prueba. Porque después de seis décadas de controles, Cuba no necesita simplemente nuevas reglas para vender carne: necesita crear las condiciones para que sus campesinos quieran y puedan producirla.

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