Cuba se queda sin tiempo

Cuba se queda sin tiempo: el diagnóstico que vuelve a poner en el centro el futuro del régimen

Una advertencia a Cuba que va más allá de la política

La crisis de Cuba ha entrado en una etapa en la que la pregunta ya no parece ser únicamente cuánto tiempo puede resistir el sistema político cubano, sino cuánto tiempo puede soportar la población el deterioro económico, energético y social que se acumula sobre la isla.

Esa es una de las principales conclusiones que se desprenden del artículo de opinión publicado el 17 de agosto por The New York Times, titulado “Cuba Is Out of Time”, escrito por Michael J. Bustamante, profesor de Historia y titular de la cátedra de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami.

El texto coloca el foco en una realidad incómoda: mientras los gobiernos pueden permitirse esperar, los cubanos que enfrentan apagones, escasez y deterioro de sus condiciones de vida no tienen ese margen. (Reddit)

 

 

La reflexión de Bustamante adquiere especial relevancia porque aparece en un momento en que Washington ha elevado considerablemente la presión sobre La Habana y después de que la política estadounidense hacia Venezuela haya modificado el equilibrio geopolítico del Caribe.

La espera como símbolo de la crisis cubana

El diagnóstico del académico parte de una idea sencilla pero poderosa: el pueblo cubano lleva décadas esperando.

Esperando alimentos, transporte, electricidad, medicamentos, oportunidades económicas y, para cientos de miles de personas, esperando también la posibilidad de emigrar.

Según el análisis difundido alrededor del artículo, la situación se ha agravado particularmente después de las medidas adoptadas por la Administración Trump para limitar el suministro de petróleo a Cuba.

El resultado ha sido una crisis energética que repercute directamente sobre prácticamente todos los sectores de la sociedad.

Bustamante ya había advertido meses atrás sobre esta dinámica. En febrero explicó al Council on Foreign Relations que la pérdida del suministro venezolano de petróleo había colocado todavía más presión sobre una red eléctrica cubana que ya estaba profundamente deteriorada.

La consecuencia es una especie de círculo vicioso: menos combustible significa menos electricidad; menos electricidad implica menos transporte, menor actividad económica y mayores dificultades para conservar alimentos y prestar servicios básicos.

Y mientras el Gobierno cubano insiste en su capacidad de resistencia, la población enfrenta el costo cotidiano.

Washington apuesta por el desgaste

Uno de los elementos más interesantes del análisis es que no presenta necesariamente una intervención militar estadounidense contra Cuba como el escenario inmediato.

El debate parece desplazarse hacia otra estrategia: presión económica, aislamiento diplomático y desgaste progresivo con el objetivo de obligar al Gobierno cubano a negociar cambios.

En este punto aparece una diferencia importante entre la retórica del presidente Donald Trump y el discurso más calculado del secretario de Estado Marco Rubio.

Trump ha hablado públicamente de Cuba en términos mucho más contundentes, mientras Rubio ha mantenido una postura relativamente más prudente.

Un análisis publicado por El País un día antes del artículo del Times señala precisamente esa diferencia y recoge la percepción de que Rubio estaría apostando por una transformación gradual de la situación cubana antes que por una operación inmediata.

El propio Bustamante ha explicado anteriormente que resulta difícil determinar cuál es exactamente el objetivo final de Washington: si se busca una salida negociada que conserve parte de las estructuras actuales o una transformación política mucho más profunda. (WBUR)

El precedente venezolano pesa sobre La Habana

La experiencia de Venezuela se ha convertido inevitablemente en un punto de comparación.

Después de la operación estadounidense contra el Gobierno de Nicolás Maduro, comenzaron las especulaciones sobre si Cuba sería el siguiente escenario de una política de cambio político impulsada desde Washington.

Sin embargo, Cuba presenta características diferentes. No posee los recursos petroleros venezolanos y su economía depende considerablemente de importaciones energéticas. Además, la relación histórica entre Washington y La Habana tiene una carga política y simbólica extraordinariamente profunda.

Bustamante ha señalado que cualquier amenaza de una intervención estadounidense activa recuerdos históricos en Cuba que se remontan incluso a la intervención de Estados Unidos en la guerra de independencia y la posterior ocupación militar de la isla. (WBUR)

Por eso, cualquier movimiento estadounidense contra Cuba tiene una dimensión mucho mayor que una simple operación de política exterior.

La contradicción central: presión contra el régimen, sufrimiento de la población

Aquí se encuentra probablemente el aspecto más delicado del debate.

Washington pretende ejercer presión sobre las estructuras de poder cubanas, pero las consecuencias económicas de esa presión no permanecen exclusivamente dentro de los edificios gubernamentales.

Llegan a las casas, llegan a los hospitales, llegan al transporte público, llegan a los pequeños negocios, llegan a los refrigeradores vacíos y a las noches sin electricidad, mientras el pueblo continúa siendo presa del miedo sin salir a las calles.

La profesora María José Espinosa, citada en análisis recientes sobre la situación, ha advertido que el principal peligro inmediato no es solamente una eventual intervención militar, sino la profundización del colapso humanitario.

Esta es una de las paradojas más difíciles de resolver: una estrategia diseñada para debilitar políticamente al Gobierno puede terminar aumentando primero el sufrimiento de quienes precisamente viven bajo ese Gobierno.

¿Puede el régimen resistir hasta 2029?

El factor tiempo es fundamental.

Un análisis publicado por El País plantea que la Administración Trump podría estar apostando por una transformación gradual de Cuba que se prolongue hasta el final del actual mandato presidencial, en lugar de buscar un desenlace inmediato.

Pero existe una enorme diferencia entre el calendario de Washington y el calendario de una familia cubana. Para un Gobierno, tres años pueden formar parte de una estrategia.

Para una persona que enfrenta apagones prolongados, inflación, falta de alimentos y ausencia de perspectivas, tres años pueden representar una eternidad.

Ese desfase temporal es precisamente uno de los mayores riesgos señalados por Bustamante: que las negociaciones políticas avancen a un ritmo mucho más lento que el deterioro de las condiciones de vida.

Las redes sociales: entre esperanza, escepticismo y temor

Las primeras reacciones visibles en redes sociales reflejan precisamente esa división.

En Reddit, la publicación que compartió el artículo del New York Times generó comentarios de usuarios interesados especialmente en la posibilidad de que Cuba atraviese un punto de ruptura política, mientras otros centraron la discusión en la situación económica y humanitaria de los cubanos.

En Threads también comenzaron a circular enlaces al artículo, con usuarios destacando especialmente una de las ideas centrales del análisis: los gobiernos pueden esperar; los ciudadanos no.

La conversación digital también muestra una división evidente entre quienes consideran que el debilitamiento del régimen puede abrir finalmente una oportunidad para una transición democrática y quienes temen que una política de máxima presión termine provocando una crisis humanitaria todavía mayor.

Esa división no es nueva. El propio Bustamante señaló anteriormente que dentro de la comunidad cubanoamericana existen simultáneamente esperanza, entusiasmo, cautela y escepticismo ante la posibilidad de un cambio político en Cuba.

El régimen también enfrenta su propia encrucijada

Sería igualmente simplista atribuir toda la crisis cubana a la política estadounidense.

Cuba arrastra décadas de problemas estructurales: un modelo económico altamente centralizado, baja productividad, falta de inversión, deterioro de la infraestructura, emigración masiva y una profunda crisis demográfica.

Las sanciones estadounidenses pueden agravar determinados problemas, especialmente el energético, pero no explican por sí solas todos los males acumulados.

El Gobierno cubano, por su parte, continúa defendiendo su modelo político y económico mientras busca alternativas para sobrevivir a la nueva presión internacional.

El problema es que las soluciones anunciadas hasta ahora no parecen haber producido una transformación suficientemente rápida para detener el deterioro.

Una transición o un estancamiento prolongado

La gran incógnita es qué vendrá después. Existen varios escenarios posibles: una transición negociada, una apertura económica gradual, una transformación política impulsada por una fractura interna, una intervención externa o, simplemente, la continuación de la crisis durante años.

Este último escenario puede ser el más peligroso. Porque una Cuba atrapada durante años entre el colapso económico y la inmovilidad política puede producir nuevas oleadas migratorias, mayor pobreza, protestas sociales y una crisis regional de consecuencias impredecibles.

La cuestión, por tanto, no es solamente si el Gobierno cubano sobrevivirá. La verdadera pregunta es qué quedará de la sociedad cubana después de tantos años de crisis y cuánto sufrimiento será necesario antes de que los actores políticos encuentren una salida.

Cuba ante una nueva etapa histórica

El artículo de Michael Bustamante coloca sobre la mesa una realidad que resulta difícil ignorar: Cuba se encuentra ante una de las coyunturas más delicadas de las últimas décadas.

La presión estadounidense ha alcanzado niveles que no pueden compararse fácilmente con los años recientes. El Gobierno comunista enfrenta un escenario internacional mucho más adverso y ya no dispone del mismo respaldo energético externo que tuvo durante diferentes etapas de su historia.

Pero tampoco existe garantía de que una presión económica extrema produzca automáticamente una transición política. La historia cubana demuestra que los sistemas autoritarios pueden sobrevivir mucho más tiempo del que sus adversarios esperan.

Y también demuestra que, cuando finalmente cambian, pueden hacerlo de manera inesperada.

Hoy muchos cubanos apuestan por una intervención militar de Los Estados Unidos en la Isla, sin embargo, el tiempo continua corriendo y cada vez se ve más improbable una acción de este tipo.

Por ahora, la isla permanece atrapada entre dos relojes: el reloj político de Washington y el reloj de una población que necesita soluciones inmediatas. El primero puede esperar, pero el segundo está corriendo.

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