Del “enemigo imperialista” al socio capitalista: Fernández de Cossío le abre las puertas de Cuba a Donald Trump
La sorprendente oferta de Fernández de Cossio al presidente que hasta ayer era presentado como enemigo
El Gobierno cubano acaba de protagonizar una de esas contradicciones que difícilmente pasan inadvertidas.
Mientras durante años La Habana ha construido buena parte de su discurso político alrededor de la confrontación con Estados Unidos y ha presentado a Washington como responsable de los principales males de la Isla, el viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío acaba de abrir públicamente la puerta a que Donald Trump y empresas vinculadas a su organización hagan negocios e inviertan en Cuba.
En una entrevista concedida a The New York Times, Fernández de Cossío aseguró que La Habana no tiene una razón específica para excluir a Trump de hacer negocios en la Isla, siempre que las inversiones se realicen de manera pacífica y respetando las leyes cubanas.
La declaración adquiere una dimensión todavía mayor por el contexto en que se produce: la economía cubana atraviesa una de sus crisis más graves en décadas, con una red eléctrica colapsada repetidamente, caída del turismo y una severa escasez de combustible.
La pregunta inevitable es: ¿qué ocurrió con el discurso de confrontación ideológica?
Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, habla con The New York Times sobre el contexto actual de Cuba y las relaciones con Estados Unidos.https://t.co/BOzrLXN9ko
— Embajada Cuba EEUU (@EmbaCubaEEUU) July 30, 2026
Fernández de Cossío cambia el tono cuando aparecen los dólares
La frase de Fernández de Cossío resulta especialmente llamativa porque no procede de un funcionario económico de segundo nivel, sino de uno de los principales representantes de la diplomacia cubana.
El viceministro fue categórico al responder sobre la posibilidad de que Trump invierta en Cuba: “Si él quiere hacerlo de manera pacífica, no vemos ninguna razón específica para excluirlo”.
Fernández también afirmó que, si Trump o empresarios relacionados con él desean invertir en la Isla, La Habana está dispuesta a conversar. Incluso se refirió al proyecto conocido como “Trump Island”, un supuesto desarrollo turístico de lujo en Cayo Santa María que podría utilizar la marca Trump.
El mensaje es difícil de ignorar: el mismo sistema que durante décadas ha condenado al capitalismo estadounidense ahora está dispuesto a recibir capital procedente directamente de uno de sus mayores adversarios políticos.
Y ahí aparece la acusación de doble moral que rápidamente ha comenzado a dominar el debate.
De acusar a Trump de fascismo a ofrecerle negocios
La contradicción no se limita a las declaraciones actuales.
Según la información publicada por CiberCuba, Fernández de Cossío había comparado en enero de 2025 la política exterior de Trump con el fascismo de Hitler y, en mayo de 2026, había calificado de “criminal” a la Administración estadounidense.
Ahora, sin embargo, el panorama parece diferente. Trump ya no es solamente el político al que La Habana acusa de agresión y hostilidad. En las declaraciones de Fernández aparece también como un potencial inversionista.
Es una transformación que difícilmente puede explicarse únicamente mediante la diplomacia. Cuando se trata de política, Trump es presentado como una amenaza; cuando se trata de capital, Trump puede convertirse en un socio potencial.
Ese contraste es precisamente lo que muchos cubanos están interpretando como una muestra de la doble moral del régimen.
Cuba reafirma su disposición a desarrollar relaciones económicas con inversionistas de cualquier país, incluidos los de Estados Unidos.
El viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío @CarlosFdeCossio, afirmó que Cuba mantiene abiertas sus puertas a la… pic.twitter.com/5jzMLtl2tE— EmbaCubaEspaña (@embaCubaEspana) July 31, 2026
El pragmatismo aparece cuando la crisis toca fondo
La explicación más evidente está en la situación económica de Cuba.
La propia entrevista de Fernández de Cossío reconoce indirectamente la gravedad del escenario. La red eléctrica cubana sufrió tres colapsos en apenas ocho días durante julio, mientras el turismo se ha desplomado y la llegada de combustible se ha convertido en uno de los principales problemas del país.
En este contexto, La Habana necesita urgentemente capital, combustible, mercados y fuentes de ingresos.
El Gobierno aprobó en junio un paquete de 176 medidas para flexibilizar la inversión extranjera y en julio publicó el Decreto 153/2026, que modifica la legislación de inversión extranjera vigente desde 2014.
La señal parece clara: el régimen está intentando hacer más atractivo el mercado cubano precisamente cuando la economía necesita oxígeno con urgencia.
Y en esa búsqueda, aparentemente, las barreras ideológicas comienzan a ser mucho más flexibles.
El “enemigo imperialista” también puede ser un inversionista
Durante décadas, la propaganda oficial cubana ha presentado al capitalismo estadounidense como incompatible con el proyecto revolucionario.
Estados Unidos ha sido descrito como enemigo, agresor, potencia imperialista y responsable de una política destinada a destruir la Revolución.
El propio Fernández de Cossío volvió a responsabilizar a Washington por las dificultades que enfrenta Cuba y calificó de exitoso el “brazo coercitivo” estadounidense.
Pero simultáneamente sostuvo que Trump y su organización no están excluidos de hacer negocios en Cuba.
Esta combinación genera una contradicción difícil de ocultar:
El capital estadounidense puede ser rechazado cuando representa una amenaza política, pero bienvenido cuando representa una oportunidad económica.
El problema, desde esta perspectiva, no parece ser el capitalismo en sí mismo. El problema sería quién controla el capital y bajo qué condiciones.
Las reglas las sigue poniendo La Habana
Existe además un detalle importante en las declaraciones de Fernández. Aunque abrió la puerta a Trump, dejó claro que cualquier inversión tendría que respetar las leyes cubanas.
Esto significa que la apertura no implica necesariamente una liberalización plena de la economía cubana. El régimen continúa reservándose el derecho de establecer las condiciones bajo las cuales puede operar el capital extranjero.
La cuestión que surge entonces es fundamental: ¿se está abriendo realmente Cuba al mercado o simplemente se está buscando capital extranjero para sostener el mismo sistema político y económico?
La diferencia no es menor. Una verdadera transformación económica implicaría reglas transparentes, seguridad jurídica, propiedad privada, competencia, independencia judicial y libertad empresarial.
La simple llegada de inversionistas extranjeros no garantiza ninguna de esas condiciones.
La crisis obliga al régimen a negociar con aquellos que antes condenaba
La situación actual ayuda a explicar el giro. La Habana necesita inversión extranjera porque sus aliados tradicionales no han conseguido resolver sus problemas estructurales. Fernández de Cossío reconoció que Cuba necesita petróleo y cuestionó la capacidad de Washington para impedir que otros países exporten recursos hacia la Isla.
Al mismo tiempo, la Administración Trump ha incrementado la presión sobre el Gobierno cubano.
El presidente estadounidense afirmó el pasado 16 de julio que “van a suceder muchas cosas en Cuba” durante los próximos meses, mientras Washington mantiene una política de fuerte presión económica y política sobre La Habana.
En este escenario, la apertura a Trump puede interpretarse también como un intento del Gobierno cubano de enviar un mensaje: si existe una vía para alcanzar acuerdos económicos, La Habana está dispuesta a explorarla sin aceptar cambios en su sistema político.
Fernández ha dejado precisamente esa condición clara: Cuba no aceptaría condicionamientos que impliquen modificar su sistema político.
La paradoja cubana: quieren inversiones, pero no quieren cambiar el sistema
Aquí se encuentra probablemente el núcleo del problema.
El régimen parece estar dispuesto a aceptar capital extranjero, incluso proveniente de un presidente estadounidense al que ha atacado duramente, pero no muestra la misma disposición para modificar las estructuras políticas que mantienen cerrada la economía cubana para buena parte de los propios ciudadanos.
Es decir: capital extranjero, sí; cambios políticos, no. Empresarios estadounidenses, sí; libertad económica plena para los cubanos, todavía no. Negocios con Trump, sí; concesiones políticas a Washington, no.
Esa ecuación es la que alimenta las críticas de quienes consideran que el objetivo no es transformar el modelo cubano, sino conseguir recursos para mantenerlo funcionando.
Las redes sociales reaccionan con ironía y críticas
Las primeras reacciones públicas reflejan precisamente esa percepción.
En los comentarios de Diario de Cuba, varios usuarios calificaron las declaraciones como una señal de desesperación del régimen y cuestionaron que quienes durante décadas denunciaron al capitalismo estadounidense estén ahora buscando negocios con Trump.
Uno de los comentaristas resumió la contradicción preguntando por qué, si el modelo socialista es tan exitoso, La Habana necesita recurrir precisamente a los empresarios estadounidenses.
Otro usuario ironizó sobre la posibilidad de que el Gobierno cubano termine ofreciéndole a Trump espacios emblemáticos de La Habana para desarrollar negocios.
También aparecieron críticas centradas en un punto diferente: el problema no sería solamente conseguir inversiones, sino garantizar que esas inversiones puedan desarrollarse sin quedar sometidas al control político del régimen.
La discusión revela una preocupación que trasciende la ideología: ¿quién será realmente beneficiado por las nuevas inversiones?
¿Los cubanos o la élite que controla el Estado?
Esta es posiblemente la pregunta más importante. Una inversión extranjera puede generar empleos, infraestructura y actividad económica. Pero en un sistema donde el Estado mantiene un control considerable sobre sectores estratégicos, la distribución de los beneficios se convierte en una cuestión esencial.
Los críticos del Gobierno temen que una eventual apertura al capital extranjero termine fortaleciendo a las estructuras económicas vinculadas al poder, mientras la población continúa soportando bajos salarios, escasez y servicios deteriorados.
El debate, por tanto, no debería limitarse a preguntar si Trump puede invertir en Cuba.
La pregunta más importante es:
¿qué condiciones tendría esa inversión y quién controlaría sus beneficios?
La nueva Cuba que intenta vender el régimen
Las declaraciones de Fernández de Cossío también pueden ser interpretadas como parte de una estrategia más amplia.
La Habana parece intentar presentar una imagen de Cuba como un país dispuesto a recibir capital internacional y negociar con empresarios extranjeros, mientras simultáneamente mantiene su rechazo a cualquier condicionamiento político.
Ese mensaje puede resultar atractivo para algunos inversionistas. Pero también plantea riesgos. Los inversionistas necesitan seguridad jurídica, reglas estables, mecanismos independientes para resolver disputas y garantías sobre sus activos.
Y esos elementos están inevitablemente relacionados con la calidad institucional del país. Por eso, la apertura económica que anuncia el régimen enfrenta una pregunta que no puede resolverse con declaraciones diplomáticas:
¿puede existir una economía verdaderamente abierta dentro de un sistema político que mantiene cerrado el espacio para la competencia y la libertad?
La verdadera contradicción de Fernández
Más allá de la figura de Donald Trump, las declaraciones de Fernández de Cossío revelan algo mucho más profundo sobre la situación actual de Cuba.
Durante años, la dirigencia cubana sostuvo que su modelo podía sobrevivir sin depender de Estados Unidos.
Hoy, ante la magnitud de la crisis, un alto funcionario cubano afirma que no existe razón para excluir al propio presidente estadounidense de hacer negocios en la Isla.
No es simplemente un cambio de tono diplomático. Es un reconocimiento implícito de que la necesidad económica puede terminar imponiéndose sobre la retórica ideológica.
Y ahí está la paradoja: el capitalismo que durante décadas fue presentado como enemigo puede convertirse ahora en una de las opciones para salvar las finanzas del sistema que lo combatió.
Fernández de Cossío y el dilema que enfrenta La Habana
La Habana tiene ahora un difícil equilibrio por delante. Necesita inversiones, pero no quiere aceptar reformas políticas. Necesita capital estadounidense, pero mantiene una intensa confrontación con Washington.
Necesita empresarios extranjeros, pero pretende conservar el control estatal sobre sectores fundamentales. Necesita aliviar la crisis económica, pero no parece dispuesta a permitir una transformación política que modifique las estructuras del poder.
Las declaraciones de Fernández de Cossío pueden ser, por tanto, mucho más que una simple invitación empresarial.
Pueden constituir una señal de que la presión económica está obligando al régimen a reconsiderar algunas de sus antiguas líneas rojas.
El tiempo dirá si se trata de apertura o supervivencia
La historia determinará si este episodio representa el comienzo de una verdadera apertura económica o simplemente una maniobra de supervivencia ante una crisis cada vez más profunda.
Por ahora, el mensaje enviado por Fernández de Cossío resulta difícil de ignorar:
Donald Trump, presentado durante años como enemigo de la Revolución, ahora puede ser también un potencial socio comercial.
El contraste resume una de las mayores paradojas de la Cuba actual. Cuando los recursos escasean, la retórica parece tener un precio. Y aparentemente, en la Cuba de 2026, hasta el “enemigo imperialista” puede convertirse en bienvenido inversionista… siempre que traiga capital.
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