Dictador Miguel Díaz-Canel miente frente a reformas capitalistas y apagones que siempre tienen otro culpable
Una entrevista al dictador Díaz-Canel expone las contradicciones del poder cubano
La reciente entrevista concedida por Miguel Díaz-Canel a la periodista brasileña Mônica Bergamo, de Folha de S.Paulo, volvió a mentir descaradamente colocando bajo los reflectores las profundas contradicciones del discurso oficial cubano.
Durante casi una hora, el gobernante defendió la permanencia del modelo socialista mientras intentaba explicar una realidad económica que, en la práctica, muestra una creciente presencia de mecanismos de mercado.
La pregunta de Bergamo fue directa: ¿está Cuba recurriendo al capitalismo para intentar salvar su sistema socialista? La periodista puso sobre la mesa elementos difíciles de ignorar: propiedad privada, empresarios y trabajadores asalariados, establecimientos que operan en divisas y una creciente desigualdad social.
La respuesta de Díaz-Canel fue igualmente directa: «No hay reformas capitalistas». Según explicó, las transformaciones económicas son simplemente «concesiones necesarias» dentro de la construcción del socialismo, dejando entrever una mentira más del régimen.
Pero el problema para el discurso oficial es que las palabras chocan con las medidas que el propio Gobierno está adoptando.
El capitalismo que cambia de nombre
Cuba ha aprobado recientemente un paquete de 176 medidas económicas que incluye mecanismos como la ampliación del sector privado, autorización de banca privada, casas de cambio privadas, eliminación del límite de trabajadores para las mipymes y apertura a la inversión de cubanos residentes en el exterior.
Díaz-Canel sostiene que estas medidas no significan una transición hacia el capitalismo, sino una herramienta temporal para fortalecer el socialismo.
El argumento recuerda inevitablemente a las aperturas económicas realizadas durante el llamado Período Especial, después de la desaparición de la Unión Soviética.
En aquella época, el Gobierno cubano también recurrió al dólar, al turismo internacional, a la inversión extranjera y a determinadas formas de actividad privada para evitar el colapso económico.
La diferencia es que ahora la necesidad de recurrir al mercado aparece nuevamente después de décadas de mantener un modelo de planificación centralizada que ha demostrado enormes dificultades para generar riqueza, inversión y productividad.
Llamar «concesión» a una actividad privada no cambia su naturaleza económica. La realidad es más poderosa que la terminología política.
La paradoja de un Gobierno que necesita al sector privado
Existe una contradicción fundamental en el discurso de Díaz-Canel. Si el sector privado no es compatible con el socialismo que defiende el Gobierno, ¿por qué resulta cada vez más necesario para mantener funcionando la economía?
La respuesta está en la propia crisis del modelo estatal.
Cuando el Estado carece de recursos suficientes para producir alimentos, importar bienes, mantener servicios, generar electricidad o garantizar determinados productos básicos, comienza a permitir espacios de mercado que durante décadas fueron considerados incompatibles con el sistema.
Esto no significa que Cuba haya dejado de ser una economía predominantemente estatal ni que exista actualmente una economía capitalista plena.
Significa algo más sencillo: el Gobierno está desesperado y recurre a mecanismos de mercado porque el modelo centralizado no ha conseguido resolver por sí mismo las necesidades económicas del país.
Incluso Associated Press ha descrito las recientes medidas como reformas destinadas a atraer inversión privada y extranjera, incluyendo negocios privados, importaciones y exportaciones, inversión de cubanos residentes en el exterior y autorización de bancos privados.
Los apagones tampoco comenzaron con Washington
Otro de los momentos más cuestionables de la entrevista aparece cuando Díaz-Canel atribuye la actual crisis energética fundamentalmente a Estados Unidos.
El gobernante aseguró que la escasez de combustible está detrás de los apagones que pueden superar las 20, 30 e incluso 40 horas, y señaló al embargo estadounidense como causa principal de la crisis.
Según la información publicada sobre la entrevista, Cuba habría recibido en los últimos siete meses un solo cargamento de petróleo, procedente de Rusia como ayuda humanitaria, de unas 100.000 toneladas.
La falta de combustible es, indudablemente, un factor determinante en la crisis actual. También lo son el deterioro de las centrales termoeléctricas, las averías y la falta de mantenimiento.
EFE señala que la mayoría de las centrales que generan aproximadamente el 40 % de la electricidad fueron construidas en las décadas de 1960 y 1970 y que más de la mitad de las unidades de generación se encuentran fuera de servicio por averías o mantenimiento.
Pero presentar el problema como si los apagones hubieran aparecido únicamente como consecuencia de las actuales sanciones estadounidenses significa borrar una parte importante de la historia energética cubana y una gran mentira del dictador Díaz-Canel.
Una historia de apagones que comenzó mucho antes de la crisis actual
Los apagones no son un fenómeno nacido en 2026.
Documentación histórica señala que hacia finales de la década de 1960 La Habana y otras zonas del sistema occidental cubano ya sufrían interrupciones frecuentes, debido a que la demanda eléctrica había comenzado a superar la capacidad disponible y a problemas de mantenimiento y averías en los equipos.
Otros estudios y testimonios históricos también documentan interrupciones eléctricas durante los años sesenta y setenta. La propia historia del sistema eléctrico cubano demuestra que el problema tiene raíces mucho más profundas que las circunstancias actuales.
Por tanto, resulta difícil sostener que la crisis energética cubana sea exclusivamente consecuencia de las políticas estadounidenses.
Estados Unidos puede influir en la disponibilidad actual de combustible. Pero no construyó durante décadas las centrales cubanas, no administró el sistema eléctrico nacional y tampoco tomó las decisiones de mantenimiento, inversión y planificación que terminaron dejando una infraestructura envejecida y vulnerable.
La Unión Soviética: el enorme salvavidas que el discurso oficial no puede ignorar
Aquí aparece otra pieza fundamental de la historia. Durante décadas, Cuba contó con un aliado económico extraordinariamente poderoso: la Unión Soviética y, posteriormente, el sistema comercial del CAME.
La relación no consistía simplemente en comercio convencional. Moscú proporcionaba petróleo y otros recursos mediante mecanismos preferenciales, créditos y acuerdos de intercambio que permitieron a Cuba sostener una economía altamente dependiente del bloque soviético.
Documentación histórica estadounidense registra que ya en 1963 la mayor parte del suministro petrolero cubano procedía del bloque soviético.
Investigaciones académicas también han estimado que el apoyo soviético representó una proporción considerable de la economía cubana durante diferentes períodos. Un estudio publicado en Historia Mexicana estima que la ayuda soviética promedió alrededor del 9,15 % del PIB cubano entre 1968 y 1975 y aumentó posteriormente de manera significativa.
Con la hoy extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), el régimen cubano recibió créditos, acuerdos comerciales, precios preferenciales y subsidios implícitos, además de intercambios en condiciones extraordinariamente favorables para Cuba.
Pero a pesar de que Cuba disfrutó durante décadas de un extraordinario colchón económico procedente del bloque soviético, nunca logró tener una economía sana y mucho menos la prosperidad para el pueblo cubano.
Un análisis de la infraestructura eléctrica cubana señala que, desde 1959 hasta la desaparición de la URSS, Cuba importó petróleo soviético mediante acuerdos de intercambio no comerciales y utilizó esa energía barata para desarrollar infraestructura y ampliar considerablemente la electrificación.
Pero a pesar de esto los constantes apagones en la isla era cosa de todos los días, bajo el pretexto de la zafra azucarera, que tampoco revirtió beneficios a la población en la isla, desapareciendo los fondos y ganancias por la exportación del azúcar.
Cuando desapareció el subsidio, apareció la verdadera dimensión del problema
El derrumbe soviético en 1991 fue mucho más que la pérdida de un aliado político. Para Cuba significó la desaparición de un sistema económico que había proporcionado combustible, mercados preferenciales, créditos y suministros esenciales.
La economía cubana perdió entonces buena parte de su comercio exterior y entró en el llamado Período Especial. La consecuencia fue brutal: apagones prolongados, escasez de combustible, caída de la producción, deterioro del transporte y una crisis alimentaria sin precedentes.
Ese episodio debería ser suficiente para comprender que la vulnerabilidad energética cubana no comenzó con la actual administración estadounidense.
El problema de fondo es que durante décadas el sistema económico cubano construyó una enorme dependencia externa sin desarrollar una estructura productiva suficientemente eficiente y diversificada que pudiera sostener al país cuando desaparecieran sus principales patrocinadores.
Primero fue Moscú. Después, Caracas. Y cuando el subsidio externo vuelve a fallar, la estructura vuelve a tambalearse.
Culpar al enemigo externo evita hablar del fracaso interno
El embargo estadounidense es un elemento real dentro de la ecuación económica cubana y sería incorrecto ignorar sus efectos. De hecho, organismos y medios internacionales han señalado que las restricciones estadounidenses contribuyen a las dificultades para importar combustible y afectan la economía cubana.
Pero reconocer ese factor no obliga a aceptar la explicación de que todo lo que ocurre en Cuba es consecuencia de Washington. La propia entrevista ofrece elementos que apuntan hacia una realidad más compleja.
Bergamo preguntó por el llamado «bloqueo interno», término utilizado por muchos cubanos para describir la burocracia, la ineficiencia y la mala gestión estatal. Díaz-Canel reconoció problemas de burocracia y lentitud, pero rechazó que fueran la causa fundamental de la crisis.
Ahí está precisamente una de las mayores debilidades de su argumento. Un sistema político y económico que concentra durante décadas las decisiones fundamentales en el Estado también debe asumir responsabilidad por los resultados de esas decisiones.
El problema no es solamente quién cerró la llave del petróleo
La Cuba actual no enfrenta únicamente una emergencia de combustible.
Enfrenta una infraestructura energética envejecida, plantas fuera de servicio, problemas de mantenimiento, falta de inversión, escasez de divisas, baja productividad, deterioro de los servicios públicos y una economía incapaz de generar suficientes recursos para sostener sus propias necesidades.
La situación energética llegó en agosto de 2026 a niveles extraordinarios: EFE reportó déficits de generación que provocaron apagones diarios superiores a 20 horas en La Habana y de hasta varios días en otras provincias.
Ese cuadro no puede explicarse únicamente mirando hacia el norte. Hay que mirar también hacia dentro, algo que es inadmisible para el régimen que no acepta su fracaso y desvía la mirada a los Estados Unidos.
Díaz-Canel y la batalla por controlar el relato
La entrevista con Mônica Bergamo demuestra que el Gobierno cubano continúa librando una batalla esencialmente narrativa: explicar la crisis sin admitir que buena parte de ella está relacionada con las deficiencias acumuladas durante décadas.
La fórmula es conocida: cuando existe escasez, se culpa al embargo; cuando existe inflación, se culpa al mercado informal; cuando existen protestas, se habla de intervención extranjera; cuando se amplía el sector privado, se insiste en que no existe una reforma capitalista.
El problema es que la vida cotidiana de los cubanos contradice cada vez con mayor fuerza ese relato.
La gente necesita electricidad, alimentos, medicinas, transporte, salarios que permitan vivir y oportunidades para producir. Las etiquetas ideológicas no encienden una termoeléctrica ni llenan una nevera.
Una economía que empieza a reconocer, a la fuerza, lo que negó durante décadas
Paradójicamente, las nuevas reformas económicas constituyen quizá una de las mayores admisiones indirectas del fracaso del modelo centralizado.
Si ahora es necesario permitir más empresas privadas, inversión extranjera, capital de cubanos residentes en el exterior, banca privada y mecanismos de mercado, es porque existe un reconocimiento implícito de que el Estado por sí solo no está consiguiendo generar la riqueza necesaria.
Díaz-Canel puede insistir en que no son reformas capitalistas. Pero el nombre importa menos que la realidad.
Cuando un Gobierno que durante décadas restringió la iniciativa privada comienza a abrir espacios para que los particulares produzcan, inviertan, contraten trabajadores y operen con mecanismos de mercado, está reconociendo que esos mecanismos son necesarios.
Eso no convierte automáticamente a Cuba en un país capitalista. Pero sí revela la profunda contradicción entre la doctrina oficial y las necesidades económicas del momento.
El verdadero debate que Cuba necesita
Más allá de la entrevista y de las acusaciones cruzadas entre La Habana y Washington, existe una pregunta mucho más importante:
¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un sistema económico que necesita reformas de mercado para sostener un modelo político que continúa rechazando una transformación profunda?
Esa es la contradicción que la entrevista de Mônica Bergamo dejó al descubierto. Cuba necesita combustible, pero también necesita inversión.
Necesita reparar sus termoeléctricas, pero también necesita producir riqueza. Necesita importar, pero también necesita exportar. Necesita empresarios, pero también necesita reglas claras.
Necesita reducir la burocracia, pero también necesita instituciones eficientes. Y, sobre todo, necesita dejar de explicar cada fracaso exclusivamente por lo que ocurre fuera de sus fronteras.
El embargo estadounidense forma parte de la historia y de la realidad económica cubana. Pero la crisis actual es el resultado de décadas de decisiones internas, dependencia externa, planificación centralizada, falta de inversión suficiente y deterioro institucional.
La entrevista de Díaz-Canel no resolvió ninguna de esas contradicciones. Al contrario: las hizo más visibles.
Porque cuando un Gobierno tiene que recurrir al mercado para intentar salvar su modelo socialista, mientras niega que esté recurriendo al capitalismo, y al mismo tiempo atribuye una crisis energética de décadas a un enemigo externo, la pregunta ya no es solamente qué está diciendo el gobernante.
La verdadera pregunta es cuánto tiempo más puede la realidad seguir siendo compatible con su discurso.
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