Actor humorista Ulises Toirac desmonta la excusa del bloqueo a Cuba

Ulises Toirac desmonta la excusa del “bloqueo”: la crisis eléctrica de Cuba también tiene responsables dentro de la Isla

La reflexión incómoda de Ulises Toirac sobre décadas de decisiones, promesas incumplidas y una infraestructura llevada al límite

La crisis eléctrica cubana ha dejado de ser solamente un problema de apagones. Es, cada vez más, el reflejo de una crisis estructural que atraviesa la economía, la planificación estatal y la capacidad del Gobierno para ofrecer respuestas sostenibles a una población que lleva décadas pagando las consecuencias.

En ese contexto, una extensa reflexión publicada por el humorista cubano Ulises Toirac vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta que durante años ha resultado incómoda para el discurso oficial: ¿hasta qué punto puede atribuirse la actual debacle energética exclusivamente a las medidas de Estados Unidos?

Toirac no niega el impacto de las restricciones estadounidenses. Su argumento es otro, mucho más difícil de despachar con una consigna: las decisiones internas también han sido determinantes y, en algunos casos, pudieron haber agravado de manera decisiva la vulnerabilidad del Sistema Electroenergético Nacional (SEN).

La publicación apareció en un momento particularmente crítico. En septiembre de 2026, la crisis eléctrica continúa siendo uno de los principales síntomas del deterioro cubano y el propio Toirac ha convertido sus publicaciones sobre los apagones en un espacio recurrente de crítica y análisis.

Toirac: el problema no comenzó en Washington

El punto de partida de Toirac es contundente: el estado actual de la energía en Cuba no puede explicarse como resultado “directo y único” de las políticas estadounidenses.

Según su reflexión, existe una responsabilidad mucho mayor en décadas de decisiones económicas internas, planificación deficiente, ausencia de visión de futuro y dependencia de modelos energéticos vulnerables.

Y ahí está precisamente la fuerza de su argumento. Porque para analizar la crisis actual hay que retroceder mucho más allá del último cargamento de combustible que llegó o dejó de llegar a Cuba.

El problema energético cubano tiene raíces profundas.

Durante décadas, la economía de la Isla funcionó sobre una estructura altamente dependiente de combustibles suministrados bajo condiciones preferenciales por sus principales aliados internacionales. Primero fue la Unión Soviética y posteriormente Venezuela.

La desaparición de la URSS dejó al descubierto esa vulnerabilidad durante el llamado Período Especial, cuando los apagones se convirtieron en una de las imágenes más reconocibles de la crisis cubana.

Diversos análisis sobre el sistema energético cubano han señalado precisamente esa dependencia histórica y la falta de una transformación profunda que permitiera reducirla.

El Período Especial dejó una advertencia que no fue suficientemente escuchada

La caída del bloque socialista debió haber funcionado como una enorme señal de alarma.

Cuba había construido un modelo energético profundamente condicionado por el acceso preferencial al combustible soviético. Cuando aquel suministro desapareció, la vulnerabilidad quedó expuesta.

El problema, sostiene Toirac, no fue solamente la falta de petróleo. Fue no haber corregido suficientemente la estructura que hacía depender la seguridad energética del país de fuentes externas.

 

 

En lugar de construir una estrategia capaz de garantizar independencia energética mediante diversificación, eficiencia, mantenimiento e inversión tecnológica, la Isla volvió a apoyarse posteriormente en otro proveedor estratégico: Venezuela.

El resultado fue cambiar de dependencia sin resolver completamente la dependencia. Y cuando las condiciones externas volvieron a cambiar, el problema reapareció.

La “Revolución Energética”: una promesa que terminó envejeciendo

En 2005, Fidel Castro anunció una transformación profunda del sistema energético cubano y 2006 fue declarado oficialmente el “Año de la Revolución Energética”.

El programa incluía electrodomésticos más eficientes, generación distribuida mediante grupos electrógenos, utilización del petróleo cubano y electrificación de zonas rurales mediante tecnologías como paneles solares y pequeñas instalaciones de generación.

La expectativa oficial era extraordinaria. Castro llegó a afirmar que “para mediados de 2006 nos sobrará electricidad” y anunció grandes inversiones para incrementar la capacidad de generación.

La realidad, sin embargo, terminó siendo muy diferente.

La generación distribuida creció, pero las viejas termoeléctricas no desaparecieron como se había previsto. Con el paso de los años, las instalaciones envejecieron, aumentaron las averías y se acumularon las necesidades de mantenimiento.

Un análisis posterior sobre la llamada Revolución Energética señala que los grupos electrógenos permitieron aumentar considerablemente la capacidad de generación, pero la estrategia no consiguió solucionar los problemas estructurales del sistema.

El problema de los motores: cuando una solución temporal termina convirtiéndose en otro problema

Uno de los puntos más interesantes de la reflexión de Toirac es su análisis de los grupos electrógenos.

La generación distribuida podía ser una solución inteligente para reducir la vulnerabilidad frente a grandes centrales, pero requería algo fundamental: mantenimiento permanente, piezas de repuesto, combustible y planificación técnica.

Sin esos elementos, una inversión millonaria puede terminar convirtiéndose en una enorme colección de equipos envejecidos. Los datos disponibles muestran hasta qué punto se deterioró esa infraestructura.

Para 2022, cientos de motores de generación distribuida estaban fuera de servicio por falta de piezas o mantenimiento, mientras la generación de esos grupos había caído significativamente respecto a años anteriores.

Es decir, Cuba no solamente tenía termoeléctricas envejecidas. También comenzó a tener una segunda capa de infraestructura energética deteriorada.

El combustible cubano tampoco resolvió el problema

Otro elemento destacado por Toirac es la apuesta por aumentar el consumo de petróleo nacional. Sobre el papel, parecía lógico: si Cuba producía petróleo, podía reducir su dependencia de las importaciones.

Pero había un problema técnico.

El crudo cubano presenta un elevado contenido de azufre, lo que incrementa la corrosión y el desgaste de determinadas instalaciones. Análisis sobre el SEN han señalado que el crudo nacional utilizado por las termoeléctricas contiene niveles de azufre considerablemente superiores a los habituales en otros crudos.

Esto hacía todavía más importante el mantenimiento. Y aquí aparece uno de los argumentos centrales de Toirac:

Una política energética no puede limitarse a comprar equipos o encontrar combustible; necesita prever cuánto costará mantener funcionando todo el sistema durante décadas.

El gran fracaso: no construir el futuro mientras se administraba el presente

Quizás el punto más importante de la reflexión de Toirac no sea el combustible, ni los motores, ni siquiera las termoeléctricas. Es la falta de visión de futuro.

Porque un sistema eléctrico nacional necesita décadas de planificación. Las centrales no se construyen de un día para otro. Las redes requieren renovación permanente. Los transformadores, turbinas, calderas y motores necesitan mantenimiento.

Las reservas de generación deben existir antes de que ocurra una emergencia. Y las nuevas tecnologías deben incorporarse antes de que las antiguas colapsen.

El problema cubano, según la tesis de Toirac, fue continuar reaccionando ante las crisis en lugar de anticiparlas.

La evidencia disponible muestra que la generación térmica continuó dependiendo de instalaciones con décadas de explotación, mientras la generación distribuida también comenzó a deteriorarse.

¿Y el embargo estadounidense? Sí importa, pero no explica todo

Aquí Toirac introduce una precisión importante. Su reflexión no sostiene que las sanciones estadounidenses sean irrelevantes. Al contrario, reconoce que las medidas estadounidenses han dificultado mecanismos de financiamiento, compras, acceso a mercados y determinadas operaciones económicas.

El punto es que una dificultad externa no elimina la responsabilidad interna. Y esta distinción resulta fundamental.

Una cosa, es decir: “Las sanciones complican la situación energética cubana”. Otra muy diferente es afirmar: “Las sanciones explican por sí solas la situación energética cubana”.

Son afirmaciones completamente distintas.

Incluso análisis publicados sobre la crisis energética cubana han señalado simultáneamente la influencia de factores externos —como la reducción de suministros de combustible— y problemas internos relacionados con la antigüedad, el mantenimiento y la falta de inversión.

Por eso la reflexión de Toirac resulta particularmente incómoda para el discurso oficial: obliga a hablar de ambas cosas al mismo tiempo.

La electricidad no es un sector más: es el corazón de la economía

Toirac hace además una observación que merece especial atención. La electricidad no es simplemente otro servicio público. Es la infraestructura sobre la cual funcionan prácticamente todos los demás sectores. Sin electricidad se paralizan fábricas. Se afecta el bombeo y tratamiento del agua.

Adicional, se deteriora la conservación de alimentos, se interrumpen las comunicaciones, se paraliza buena parte del transporte moderno, se afecta el comercio, se perjudican hospitales y centros de salud, se destruye productividad y se multiplica el desgaste social.

Por eso un colapso eléctrico prolongado no puede analizarse únicamente como “apagones”. Es una crisis económica multiplicada por una crisis energética.

Los apagones de 2026 convierten la vieja discusión en una emergencia nacional

La actualidad parece darle una dimensión todavía mayor a la reflexión.

Durante 2026, Cuba ha enfrentado algunos de los episodios más graves de su crisis eléctrica. En julio, por ejemplo, se reportaron déficits históricos de generación y nuevos apagones totales, mientras numerosas centrales de generación distribuida permanecían detenidas por falta de combustible.

Y Toirac ha continuado denunciando públicamente la situación. En julio ironizó sobre un apagón que coincidió con las celebraciones del 26 de julio, utilizando precisamente el humor para mostrar la contradicción entre la narrativa triunfalista oficial y la realidad cotidiana de millones de cubanos.

En septiembre, sus críticas volvieron a subir de tono ante interrupciones prácticamente continuas en su circuito de La Habana. Esto demuestra que su reflexión no surge de una observación aislada.

Forma parte de años de denuncias sobre el deterioro de los servicios públicos y las consecuencias de una crisis que se ha convertido en permanente.

La reacción social: una discusión que ya no cabe dentro del discurso oficial

Las publicaciones de Toirac sobre los apagones han generado reacciones diversas en las redes sociales. Una parte de los usuarios coincide con su planteamiento de que no todo puede atribuirse al embargo y reclama responsabilidad a las autoridades cubanas por décadas de decisiones económicas.

Otros mantienen la explicación oficial y consideran que las sanciones estadounidenses constituyen el principal obstáculo para recuperar el sistema energético.

La propia trayectoria pública de Toirac muestra que esta discusión no es nueva. En anteriores publicaciones sobre apagones ha recibido tanto respaldo de ciudadanos afectados como respuestas de defensores del Gobierno que atribuyen la crisis al llamado “bloqueo”.

Pero la discusión parece estar cambiando. Cada vez resulta más difícil convencer a una persona que permanece diez, quince, veinte o más horas sin electricidad de que su realidad cotidiana puede explicarse mediante una sola causa.

Toirac coloca el dedo sobre una herida que el régimen prefiere no mirar

Lo más relevante de la reflexión de Toirac quizás no sea que un humorista cubano critique los apagones. Lo verdaderamente significativo es que construye una explicación cronológica.

  • Recuerda el Período Especial.
  • Recuerda la dependencia soviética.
  • Recuerda la Revolución Energética.
  • Recuerda los grupos electrógenos.
  • Recuerda las promesas.
  • Recuerda el petróleo nacional.
  • Recuerda la dependencia venezolana.

Y finalmente llega al presente. sa cronología plantea una conclusión incómoda: el desastre energético cubano no apareció de repente.

Fue acumulándose.

  • Cada crisis fue dejando una deuda.
  • Cada reparación postergada aumentó el problema.
  • Cada equipo que no fue sustituido envejeció.
  • Cada dependencia externa no corregida mantuvo abierta una vulnerabilidad.

Y cada nueva promesa que no produjo resultados terminó reduciendo el margen de maniobra.

La verdadera pregunta ya no es quién tiene la culpa, sino quién asumirá la responsabilidad

Culpar exclusivamente a Estados Unidos puede ser políticamente conveniente. Culpar exclusivamente al Gobierno cubano también puede simplificar una realidad mucho más compleja.

Pero un análisis serio obliga a reconocer que las restricciones externas y las decisiones internas pueden coexistir como factores de una misma crisis. El problema aparece cuando una de esas variables se utiliza para ocultar completamente la otra.

La reflexión de Toirac tiene valor precisamente porque rompe esa lógica. No pretende presentar el embargo como inexistente.

Pretende señalar que un país no puede construir su seguridad energética dependiendo eternamente de que otro país le garantice combustible, crédito, tecnología o condiciones comerciales favorables.

Eso no es soberanía energética. Es dependencia.

Y cuando esa dependencia se combina con infraestructura envejecida, falta de mantenimiento, escasez de combustible, baja inversión y decisiones sin continuidad, el resultado termina siendo el que Cuba vive hoy.

Una crisis eléctrica que terminó convirtiéndose en una crisis de modelo

El gran mensaje que deja la reflexión de Ulises Toirac va mucho más allá de los apagones. Es una advertencia sobre la planificación económica.

  • Un país puede enfrentar sanciones.
  • Puede enfrentar huracanes.
  • Puede enfrentar crisis internacionales.
  • Puede perder aliados.
  • Puede sufrir escasez de combustible.

Pero precisamente por eso necesita construir instituciones y políticas capaces de resistir esos golpes.

Cuando una economía depende de una sola fuente de financiamiento, de un solo proveedor estratégico o de una infraestructura que no recibe mantenimiento adecuado, cualquier cambio externo puede convertirse en una catástrofe interna. Y esa es quizás la parte más incómoda de la discusión.

El problema de Cuba no es solamente que hoy falte electricidad.

Es que durante décadas no se construyó un sistema suficientemente resistente para garantizarla. La oscuridad que hoy cubre a buena parte de la Isla no comenzó cuando se apagó la última termoeléctrica.

Comenzó mucho antes, con decisiones que fueron acumulando vulnerabilidades mientras se prometía que el futuro sería luminoso.

Y, como recuerda Toirac, cuando se trata de electricidad, improvisar no cuesta solamente dinero. Puede terminar costando la economía completa de un país.

Reacciones y contexto

La reflexión de Toirac ha encontrado eco en un debate que se ha intensificado durante 2026: mientras el Gobierno continúa señalando las sanciones estadounidenses como un factor central de la crisis, críticos y ciudadanos afectados reclaman explicaciones.

Sobre el estado de las termoeléctricas, la falta de mantenimiento, la generación distribuida y la dependencia de combustibles importados.

Análisis recientes coinciden en que el deterioro del SEN es el resultado de una combinación de factores externos e internos, entre ellos la antigüedad de las instalaciones, la falta de inversiones y mantenimiento y las dificultades para garantizar combustible.

La discusión, por tanto, no debería reducirse a “bloqueo sí” o “bloqueo no”. La pregunta más importante es otra: ¿qué decisiones tomó el poder cubano durante décadas y qué alternativas dejó de desarrollar para que un sistema considerado estratégico llegara a este nivel de deterioro?

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