Jardiel, la muerte evitable que desnuda al sistema de salud cubano
Cuando la negligencia médica y el abandono institucional condenan a un joven con una enfermedad curable
El nombre de Jardiel ya no es solo el de un joven cubano, sino el símbolo de un sistema de salud que presume logros mientras deja morir a sus pacientes.
El fallecimiento de José Jardiel Mejías, de apenas 20 años, ha sacudido a la comunidad cubana dentro y fuera de la Isla, provocando indignación, dolor y una avalancha de denuncias en redes sociales que apuntan directamente al colapso moral y operativo de la sanidad estatal.
Jardiel: una vida marcada por la desidia médica
Natural del municipio Mayarí, en la provincia de Holguín, Jardiel padecía un osteosarcoma facial, un tumor maligno agresivo, pero altamente tratable si se atiende a tiempo.
La enfermedad fue avanzando de manera visible, deformando su rostro y obligándolo a cubrirse, mientras las instituciones encargadas de proteger su vida miraban hacia otro lado.
No fue el sistema de salud cubano quien actuó con urgencia, sino la sociedad civil, los activistas y la solidaridad espontánea de cubanos dentro y fuera del país.
El papel clave de Adrý Díaz y Nelson Álvarez
El caso de Jardiel logró visibilidad gracias al trabajo incansable de Adrý Díaz, activista cubana radicada en Miami, y Nelson Álvarez, conocido en redes sociales como “El Porfiao”.
Ambos lideraron una campaña contrarreloj para recaudar fondos, gestionar apoyo médico y presionar públicamente a las autoridades.
Fue precisamente Nelson Álvarez quien confirmó la noticia del fallecimiento la noche del sábado, desatando una ola de mensajes de duelo y rabia. Para muchos usuarios en Internet, Jardiel no murió de cáncer, murió de abandono.
La versión oficial y sus grietas
En noviembre de 2025, el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) de Mayarí publicó un comunicado intentando desmentir las denuncias de negligencia. Aseguró que Jardiel recibía seguimiento médico por parte del Policlínico Universitario 26 de Julio y el consultorio médico de familia No. 14.
Sin embargo, los hechos contradicen el discurso oficial:
- El traslado a La Habana,
- Los estudios especializados,
- Los gastos médicos y logísticos,
fueron asumidos exclusivamente gracias a la gestión de activistas y a donaciones privadas. El Estado, una vez más, brilló por su ausencia.
Las contundentes palabras del doctor Miguel Ángel Ruano
Uno de los pronunciamientos más contundentes vino del doctor Miguel Ángel Ruano Sánchez, médico cubano residente en Colombia, quien no dudó en calificar a Jardiel como otra víctima directa de la dictadura.
“Soy médico y juré decir la verdad”, afirmó Ruano, subrayando que el osteosarcoma facial tiene una probabilidad de curación superior al 80 % en pacientes jóvenes, si se aplica el tratamiento adecuado.
Según explicó, el protocolo médico correcto incluye:
- Quimioterapia neoadyuvante (antes de la cirugía),
- Cirugía radical con márgenes libres de tumor,
- Quimioterapia adyuvante (después de la cirugía).
Nada de esto se realizó correctamente en Cuba. Jardiel nunca fue intervenido como debía, y la falta de tratamiento oportuno permitió la progresión del cáncer y la aparición de metástasis, generalmente dirigidas a los pulmones, sellando un destino que pudo evitarse.
“El médico que permite que aten sus manos, su saber y su corazón, deja de ser digno de respeto”, sentenció Ruano, en una frase que ha sido ampliamente compartida en redes.
Reacciones en Internet: indignación y memoria
Las redes sociales se han convertido en un tribunal popular. Miles de usuarios repiten una idea central: la enfermedad de Jardiel tenía cura. Fotografías del joven, mensajes de despedida y llamados a no olvidar su historia circulan como un acto de resistencia frente al silencio oficial.
“Justicia médico-científica”, claman muchos, mientras otros se preguntan cuántos Jardiel más serán necesarios para que el mundo entienda la magnitud del desastre sanitario cubano.
Jardiel no es un caso aislado
La muerte de Jardiel no es una excepción, es parte de un patrón. Un sistema que prioriza propaganda sobre pacientes, que castiga la verdad y premia la obediencia, termina convirtiendo hospitales en salas de espera para la muerte.
Recordar a Jardiel como el joven atleta, lleno de vida y sueños, es también un deber moral. Su historia exige memoria, denuncia y una pregunta incómoda que sigue flotando en el aire:
¿Hasta cuándo seguirá creciendo el número de víctimas por desamparo en la salud cubana?
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