Bad Bunny adorado por el régimen comunista de Cuba

Bad Bunny en el Super Bowl: propaganda cultural y doble moral del castrismo

Cómo el régimen cubano utiliza el espectáculo de Bad Bunny para maquillar su fracaso interno y blanquear la narrativa de la izquierda latinoamericana

Cuando el espectáculo sustituye a la verdad

La reciente actuación del artista puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio, conocido como Bad Bunny, durante el espectáculo de Medio Tiempo del Super Bowl, no solo fue un evento musical de alcance global.

Para el régimen comunista de Cuba, se convirtió en una oportunidad política cuidadosamente explotada. Mientras el país se hunde en apagones, escasez, represión y éxodo juvenil, los medios oficialistas prefirieron aplaudir un show extranjero antes que enfrentar la realidad nacional. Pan y circo versión siglo XXI… sin pan.

El aplauso oficialista: cultura importada para tapar el colapso

Medios como Cubadebate, vocero histórico del castrismo, dedicaron artículos elogiosos a la presentación de Bad Bunny, exaltándola como un “acto de afirmación cultural latina” y una supuesta “voz rebelde frente al sistema”.

 

 

De forma similar, la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) amplificó el mensaje en redes sociales, presentando al artista como un símbolo de resistencia y autenticidad popular.

El contraste es brutal: mientras se glorifica un espectáculo multimillonario transmitido desde Estados Unidos, los jóvenes cubanos carecen de electricidad estable, acceso libre a internet y oportunidades reales de futuro.

Pero claro, es más fácil comentar el Super Bowl que explicar por qué un salario no alcanza ni para sobrevivir.

 

 

¿Arte o estrategia?: el lavado de imagen de la izquierda regional

La actuación de Bad Bunny no fue leída por el castrismo como un simple show, sino como una herramienta simbólica.

En la narrativa oficial, el artista sirve para proyectar una falsa cercanía con la juventud latinoamericana y para reforzar la idea de una izquierda “moderna, inclusiva y culturalmente influyente”.

Sin embargo, resulta paradójico que un régimen que censura artistas, encarcela músicos críticos y persigue la libre expresión, celebre a un cantante cuya carrera se ha construido íntegramente dentro del mercado estadounidense, bajo las reglas del capitalismo que tanto demonizan en sus discursos.

Letras vacías, mensaje tóxico

Más allá del espectáculo, existe un debate ineludible sobre el contenido artístico. Las canciones de Bad Bunny, carentes de profundidad lírica y valor estético duradero, promueven de manera reiterada la cosificación de la mujer, el hedonismo extremo y una visión vulgar de las relaciones humanas.

Este mensaje, amplificado por plataformas globales y ahora legitimado por medios oficialistas cubanos, impacta directamente en las nuevas generaciones.

Se normaliza la violencia simbólica, el machismo disfrazado de “libertad” y una cultura donde la mujer es reducida a objeto y la vulgaridad se vende como rebeldía.

Doble moral revolucionaria

El régimen cubano condena el “imperialismo cultural” cuando le conviene, pero no duda en apropiarse de figuras globales si sirven a su narrativa política.

Critica a Estados Unidos mientras utiliza un espectáculo producido, financiado y difundido desde ese mismo país para distraer a su población.

Bad Bunny vive en Estados Unidos, tributa en Estados Unidos y su éxito es producto del sistema que el castrismo dice combatir. Aun así, es presentado como aliado simbólico de una revolución que no tolera artistas independientes dentro de sus propias fronteras. La incoherencia, una vez más, es total.

Ruido mediático frente a silencio social

La exaltación de Bad Bunny por parte del régimen cubano no es un hecho aislado, sino una maniobra propagandística.

Mientras la isla enfrenta una de las peores crisis de su historia, el poder apuesta por el espectáculo ajeno para distraer, adoctrinar y maquillar su fracaso estructural.

La juventud cubana no necesita ídolos prefabricados ni mensajes vacíos de vulgaridad. Necesita libertad, oportunidades y verdad. Pero eso, a diferencia del Super Bowl, no se transmite en horario estelar.

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