Alberto Reyes vuelve a tocar las campanas: una advertencia sobre el miedo, el poder y el futuro de Cuba
Una campana que no busca llenar iglesias, sino despertar conciencias, explica Reyes
El sacerdote cubano Alberto Reyes ha vuelto a utilizar una de las imágenes más poderosas de sus reflexiones: las campanas.
En su más reciente entrega de la serie He estado pensando… (171), publicada en sus redes sociales, Reyes plantea que Cuba necesita “tocar las campanas” como símbolo de una ciudadanía que se niega a permanecer en silencio frente a una realidad marcada por la crisis económica, la destrucción de los servicios públicos, la falta de perspectivas y el creciente descontento social.
La reflexión parte de una historia sencilla: un sacerdote que acudía cada semana a un templo rural prácticamente vacío y continuaba haciendo sonar las campanas pese a que nadie entraba.
Cuando alguien le preguntó para qué insistía, respondió que quizá nadie iría a la iglesia, pero todos escucharían las campanas.
Para Reyes, esa historia representa mucho más que una anécdota religiosa. Es una metáfora de la Cuba actual: aunque muchas personas todavía tengan miedo de dar el paso hacia la libertad, pueden escuchar las voces que hablan de ella.
Reyes describe una Cuba atrapada en una crisis que ya no puede ocultarse
Uno de los elementos centrales del análisis de Reyes es su diagnóstico de un país “atascado”. El sacerdote conecta diferentes manifestaciones de la crisis cubana: deterioro material, dificultades cotidianas, falta de futuro, agotamiento social y rechazo hacia quienes gobiernan.
Su reflexión adquiere especial relevancia en un momento en que la crisis energética ha alcanzado dimensiones extraordinarias.
A comienzos de agosto, Cuba sufrió varios apagones nacionales, mientras EFE describió una situación energética caracterizada por un sistema eléctrico obsoleto y una creciente incapacidad para satisfacer la demanda.
El problema, por tanto, no se reduce a la electricidad. La falta de corriente repercute sobre el abastecimiento de agua, la conservación de alimentos, el transporte, las comunicaciones, los pequeños negocios y prácticamente todas las actividades de la vida cotidiana.
En ese contexto, la imagen de las campanas adquiere una dimensión política y social: hacer ruido allí donde el poder preferiría silencio.
La tesis más contundente de Reyes: el poder no sabe cómo salir de su propia trampa
Quizás el punto más profundo de la reflexión de Reyes no está en la denuncia de la crisis, sino en su interpretación sobre el comportamiento de quienes gobiernan Cuba.
El sacerdote sostiene que la dirigencia no solamente carecería de voluntad para abandonar el poder, sino que podría encontrarse atrapada en una estructura de control de la que tampoco sabe cómo salir.
Reyes plantea varias posibles razones: soberbia, temor a las consecuencias, miedo a perder privilegios o simplemente incapacidad para imaginar una Cuba diferente.
Es una hipótesis política que merece atención porque cambia la pregunta tradicional. Ya no se trata solamente de preguntar por qué el poder no cambia, sino también qué ocurre cuando un sistema político llega a un punto en el que considera demasiado peligroso cambiar y demasiado costoso mantenerse igual.
La consecuencia puede ser la parálisis. Y esa parálisis tiene un precio que paga la ciudadanía.
“La peor opción”: mantener el poder mientras la sociedad se deteriora
El lenguaje empleado por Reyes se vuelve especialmente duro cuando describe lo que considera una especie de “inmolación ciudadana” y un “genocidio silente”.
Estas expresiones deben entenderse dentro del marco argumental del sacerdote: Reyes no está describiendo un acontecimiento militar concreto, sino utilizando un lenguaje moral para denunciar lo que considera un proceso prolongado de deterioro de la vida de los cubanos.
Su acusación central es que, ante la imposibilidad o falta de voluntad para producir una transformación política profunda, las autoridades estarían optando por mantener intacto el mecanismo de control mientras la sociedad se desgasta.
La crítica coincide con un contexto de creciente represión documentado por organizaciones independientes.
Cubalex registró durante el primer semestre de 2026 numerosas detenciones arbitrarias, incluyendo casos de ciudadanos sin vínculos conocidos con organizaciones opositoras.
La organización sostiene que expresar espontáneamente el descontento puede ser suficiente para convertir a una persona en objetivo de las autoridades.
El Observatorio Cubano de Derechos Humanos, por su parte, documentó 1.949 acciones represivas durante el primer semestre del año. Es precisamente en ese escenario donde la palabra de Reyes adquiere mayor fuerza.
Del control económico al control de la palabra
Otro de los aspectos relevantes de la reflexión es la relación que Reyes establece entre economía y libertad.
El sacerdote cuestiona que, en lugar de facilitar la iniciativa individual y la libre actividad económica, el sistema responda mediante mayores mecanismos de fiscalización y control.
Su argumento apunta a un problema estructural: una economía no puede desarrollarse plenamente cuando la iniciativa ciudadana está sometida a una permanente incertidumbre política y administrativa.
Al mismo tiempo, Reyes denuncia el acoso contra quienes verbalizan públicamente aquello que muchos cubanos experimentan en privado.
Y aquí aparece nuevamente la metáfora de las campanas.
Para él, decir “no estoy de acuerdo”, expresar una opinión diferente, cuestionar una explicación oficial o hablar públicamente sobre la realidad cotidiana son pequeños actos que, acumulados, pueden convertirse en una voz colectiva.
La libertad comienza también con una palabra
La propuesta de Reyes no es una convocatoria a la violencia. Todo lo contrario.
Su mensaje insiste en acciones como hablar, expresar desacuerdo, utilizar las redes sociales y poner voz a lo que las personas piensan dentro de sus hogares y comunidades.
Este aspecto es fundamental para comprender su reflexión.
Reyes no presenta la campana como un arma, sino como un símbolo de conciencia.
La campana anuncia. Advierte. Convoca. Rompe el silencio. En una sociedad donde la expresión pública puede tener consecuencias, convertir la palabra en un espacio de resistencia pacífica supone, en sí mismo, un desafío al miedo.
El sacerdote ya había convertido literalmente las campanas en un símbolo de protesta. En mayo de 2024 hizo sonar 30 campanadas durante los apagones en Esmeralda, Camagüey, como expresión de duelo por lo que calificó como la muerte de las libertades y derechos ciudadanos.
Poco después, sus superiores le ordenaron detener la iniciativa.
La experiencia demuestra que una campana puede ser mucho más incómoda para un poder político de lo que aparentemente representa.
El precedente de 2024: cuando las campanas realmente hicieron ruido
Lo ocurrido entonces permite comprender mejor la nueva reflexión.
Las campanadas de Esmeralda fueron ampliamente difundidas por medios independientes y redes sociales. La iniciativa fue interpretada como una protesta pacífica frente a los apagones y la crisis nacional.
La posterior prohibición atribuida a la jerarquía eclesiástica evidenció, además, las dificultades que pueden enfrentar incluso las expresiones simbólicas de protesta dentro de Cuba. Fuentes citadas por 14ymedio atribuyeron aquella decisión a presiones procedentes de las autoridades.
Por eso, cuando Reyes vuelve ahora a hablar de “tocar las campanas”, la frase no aparece aislada. Tiene memoria. La campana ya sonó una vez.
Y el mensaje de Reyes es que ahora debe sonar de muchas otras maneras.
Una sociedad que escucha, aunque todavía tenga miedo
Uno de los puntos más interesantes de la reflexión es que Reyes no supone que todos los cubanos estén preparados para actuar inmediatamente.
Reconoce la existencia del miedo. Habla de quienes “han decidido hacer el juego a esta mentira” y de quienes quizá no se atrevan a dar el paso hacia la libertad.
Pero incluso ellos, sostiene, escucharán las campanas. Esta idea tiene una enorme importancia sociológica.
Los cambios políticos no siempre comienzan con grandes concentraciones ni con acontecimientos espectaculares. A veces comienzan cuando una persona descubre que aquello que pensaba en privado también lo piensa otra persona.
Después lo descubre otra y otra, hasta que el aislamiento individual comienza a transformarse en conciencia colectiva.
La campana, en esta interpretación, no cambia por sí sola la realidad. Lo que cambia es la percepción de que nadie está solo.
Las redes sociales: el nuevo campanario de la Cuba digital
Precisamente las redes sociales se han convertido en uno de los espacios fundamentales para ese intercambio de ideas.
El trabajo de Reyes se desarrolla en buena medida a través de publicaciones periódicas que circulan entre cubanos dentro y fuera de la Isla.
Su columna He estado pensando se ha convertido en un espacio habitual de reflexión sobre la realidad nacional; medios independientes han destacado que sus textos funcionan como una voz para ciudadanos que no siempre se atreven a expresarse públicamente.
La reacción que genera su discurso debe entenderse dentro de una conversación digital mucho más amplia: por un lado, cubanos que comparten sus diagnósticos sobre la crisis; por otro, defensores del sistema que cuestionan sus posiciones y las presentan como parte de una agenda opositora.
Esta polarización no es nueva. Ya en 2024, medios oficialistas y afines al Gobierno acusaron a Reyes de responder a intereses extranjeros y calificaron sus campanadas de provocación política.
En contraste, medios independientes y sectores críticos han presentado al sacerdote como una de las voces religiosas más persistentes en denunciar el deterioro social y reclamar cambios pacíficos.
Por ello, las redes sociales no son solamente el lugar donde se comenta la reflexión de Reyes. Son precisamente el espacio que él identifica como parte de esas nuevas “campanas”.
El contexto de 2026 hace que su mensaje resulte todavía más incómodo
La reflexión llega en un momento especialmente delicado.
Durante julio, el Observatorio Cubano de Derechos Humanos documentó cientos de acciones represivas, incluyendo detenciones arbitrarias y otros abusos, en un escenario marcado por apagones, protestas y persecución contra activistas, periodistas independientes y presos políticos.
Prisoners Defenders reportó además 1.327 presos políticos al cierre de julio de 2026, incluyendo nuevas incorporaciones vinculadas a protestas.
Mientras tanto, la discusión internacional sobre Cuba continúa atravesada por las sanciones estadounidenses y por la respuesta del Gobierno cubano, que atribuye buena parte de la crisis a la política de Washington.
El propio canciller Bruno Rodríguez ha acusado recientemente a Estados Unidos de intentar provocar un estallido social mediante su política de presión.
Ese contexto permite entender por qué el llamado de Reyes no puede analizarse exclusivamente desde una perspectiva religiosa.
Su reflexión se inserta en una disputa mucho mayor sobre responsabilidad, libertad, miedo, supervivencia y futuro político.
¿Qué significa realmente “empujar el muro”?
La metáfora final de Reyes es probablemente la más poderosa. Habla de “empujar” un muro asfixiante entre todos. No plantea que una persona pueda derribarlo por sí sola. Habla de acumulación, una voz, después otra y después miles.
En términos políticos, la idea es sencilla: un sistema puede controlar instituciones, medios estatales, organismos administrativos y estructuras represivas, pero tiene mayores dificultades para controlar permanentemente aquello que millones de ciudadanos piensan y conversan entre ellos.
El gran interrogante es si ese descontento puede transformarse en organización cívica, participación pacífica y una propuesta concreta de futuro. Porque la protesta por sí sola no construye una democracia.
La democracia necesita instituciones, Estado de derecho, elecciones libres, libertad de expresión, pluralismo político, respeto a los derechos humanos y garantías para todos, incluyendo quienes piensan diferente.
La campana de Reyes no anuncia solamente una crisis: anuncia una decisión
La verdadera fuerza de esta nueva reflexión de Reyes está en que coloca la responsabilidad no solamente en quienes gobiernan, sino también en una ciudadanía que, según su lectura, necesita recuperar la capacidad de expresar aquello que piensa.
Su mensaje es incómodo para el poder porque no depende de una gran maquinaria. Una persona hablando, una familia conversando, un vecino diciendo “no estoy de acuerdo”, Un ciudadano publicando una opinión y un sacerdote haciendo sonar una campana.
Son gestos pequeños, pero pueden adquirir una dimensión política cuando rompen la sensación de aislamiento.
Cuba atraviesa una combinación particularmente grave de deterioro económico, crisis energética, emigración, represión y pérdida de expectativas. Las denuncias de organizaciones independientes muestran que el descontento no se limita necesariamente a sectores organizados de la oposición.
Por eso, la pregunta que deja Reyes no es simplemente si las campanas volverán a sonar.
La pregunta es cuántas personas estarán dispuestas a escuchar y, sobre todo, a encontrar su propia manera pacífica de hacerlas sonar.
Porque una campana no necesita que todos entren al templo para cumplir su propósito. Solo necesita que alguien la haga sonar. Y que alguien, en algún lugar, la escuche.
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