Personajes de la historia cubana.

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Yarini el chulo de San Isidro

Frases de Yarini

La historia de Cuba cuenta con un sin número de historias, unas no muy lindas y unas pictóricas, que en su conjunto crean un cuadro con muchas tonalidades de colores brillantes y otros oscuros, en esta ocasión queremos contarte la historia de un hombre (Yarini El Chulo de San Isidro) que formo parte de ese cuadro, su actuar bueno o malo depende de tu interpretación, finalmente es el lector quien saca sus propias conclusiones.

La escritora y editora Dulcila Cañizares es la autora de «San Isidro, 1910; Alberto Yarini y su época», investigación que le llevó más de 30 años de trabajo. Ella lo describe como un hombre de cinco pies y seis pulgadas de estatura y 60 kilogramos de peso. Siempre perfumado y bien trajeado. Hablaba pausadamente y en voz baja. Había estudiado en EE.UU. y dominaba el inglés a la perfección. Un hombre educado que tenía a su favor un ámbito familiar distinguido.

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Una casa de vida alegre

Nacido en La Habana el 5 de febrero de 1882. Fue bautizado en la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de Monserrate como Alberto Manuel Francisco Yarini Ponce de León.

Se crió en el seno de la acaudalada familia Yarini Ponce de León, hijo de Cirilo, cirujano dentista, miembro fundador de la Sociedad de Odontología y catedrático titular de la Escuela de Cirugía Dental de la Universidad de la Habana y de la muy respetable dama Juana Emilia, Alberto fue el último de tres hermanos y el mimado consentido por su madre. Cursó estudios en el colegio habanero San Melitón y después fue enviado a proseguir su educación en los Estados Unidos, de donde regresó a los 19 años para convertirse de inmediato en el clásico representante de la juventud burguesa de su época: es decir, un habitué de la Acera del Louvre, donde él y sus amigos distinguidos -ninguno de los cuales trabajaba- acudían cada tarde a colocar sillas en la acera para “ver pasar a la gente”, beberse unos tragos, pavonearse luciendo trajes cortados a la medida

La Habana Siglo XIX

Entre los aspectos paradojales de la personalidad del proxeneta, está el que siendo un muchacho proveniente de un hogar católico, terminara por otro lado, según parece, como iniciado de la Sociedad Secreta Abakuá, confraternidad de hombres a toda prueba, para ser hombre no hay que ser Abakuá, pero para ser Abakuá hay que ser hombre, reza el refrán lapidario en las calles de la isla, que originalmente admitía sólo a varones negros, pero que ya desde 1863 y en Guanabacoa, por obra de Andrés Petit, empieza a incorporar blancos y mulatos en un plante llamado Akanarán Efor.

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Era Yarini, sigue diciendo Dulcila, un hombre bastante metódico en su vida cotidiana. Se levantaba tarde y desayunaba invariablemente en su casa. Luego, sacaba a pasear a sus perros. Hacía un recorrido habitual. Bajaba por Paula hasta Picota, doblaba a la derecha y caminaba hasta San Isidro para llegar a la fonda El Cuba. Allí se encontraba con su amigo Pepito Basterrechea y bebía un trago de ginebra, un mojito criollo o una copa de coñac. Después los dos amigos continuaban por San Isidro abajo hasta Compostela. En el bar de esa esquina bebía ron o cerveza y se limpiaba los zapatos. En su casa de la calle Paula vivían, en perfecta armonía, Elena Morales, una mulata en la flor de sus 22 años, Celia Martínez, una mestiza preciosa, y La Petite Berthe, la francesa por la que lo mataron. Con el chulo en la cabecera, las tres se sentaban a su mesa en un orden que corría desde la izquierda. Sabían que la que ocupara la silla colocada a la derecha de Yarini sería la elegida de la noche.

A veces salía del barrio. Gustaba de los paseos en automóvil hasta la playa de Marianao o la Víbora. Lo normal era que tomara un auto de alquiler en el Parque Central para dirigirse al Palais Royal, un salón con barra y piano ubicado en la calle Marina, donde está ahora el edificio Carreño. Frecuentaba asimismo el salón Manzanares, en Carlos III e Infanta, sitio de bailes públicos, o iba a bailar al Círculo de Artesanos de Santiago de las Vegas, o a La Verbena, en 41 y 30, en Marianao. Visitaba también el café Vista Alegre, en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, donde Sindo Garay compuso una canción para él. Se titula Nada temas, la vida te sonríe. Degustaba refrescos de cebada en Egido y Gloria. Y gustaba de la ópera y el teatro.

Había una guajirita que lo asediaba. Yarini se le escondía porque suponía que era virgen y él, decía, «no desgraciaba a ninguna mujer». Jamás tuvo amores con sirvientas ni costureras. Buscaba siempre entre las mujeres del gran mundo, con preferencia entre las esposas de los comerciantes y hombres acaudalados.

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El barrio de San Isidro era en la época la zona de tolerancia por excelencia de La Habana.

Yarini controlaba a una buena cantidad de prostitutas que trabajaban para él en diversas accesorias. Tenía un burdel de su propiedad, en Picota entre Luz y Acosta, y otro más, del que era copropietario y donde ejercían no menos de diez mujeres.

Los apaches, como llamaban los cubanos a las pandillas de chulos franceses de San Isidro capitaneadas por el parisino Luis Letot el cual había llegado hacia poco con carne fresca recién traída de parís entre ella estaba la francesa Berthe.

Francesa Berthe Marisol

Yarini le roba escandalosamente la joya más valiosa de su último cargamento de prostitutas, la pequeña Berthe, hermana de su concubina Jeanne Fontaine, y por tanto su propia cuñada. Berthe, de 21 años, rubia y de ojos azules, era una absoluta lindura, según juicios de quienes la conocieron, y se la tenía como la mujer más bella que paseó zapatos por las estrechas calles del barrio.

Yarini en persona anunció a Letot su relación con Berthe, y el francés se encogió de hombros, y lo mismo volvió a hacer cuando Yarini, días después, llamó a su puerta acompañado por dos de sus más vulgares seguidores para recoger la ropa de la francesita.

¿Se había enamorado Yarini de la diminuta francesita? Raro amor, porque la hacía prostituirse cada noche en una accesoria tan inmunda como la de la peor puta negra de la peor calle del barrio. ¿Había enloquecido tal vez? O quizá solo honraba el código machista que reina siempre en los emporios donde está ausente la civilización y el vicio se enseñorea de los hombres.

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A Letot siguieron dándole cuerda: debía acabar con Yarini. Varios chulos franceses se ofrecieron para ayudarlo. En la mañana del 21 de noviembre de 1910 se levantó con el presentimiento de que no tendría un buen día. Pero no podía dejar de enfrentar a Yarini, porque sus amigos no perdonaban un paso en falso si de hombría se trataba. Salió de su casa sobre las cinco de la tarde. Caminó por la calle Habana hasta el Club de los Franceses, en Velazco esquina a Desamparados, y trazó el plan en compañía de algunos amigos. Se apostarían en la calle y en las azoteas de las casas de enfrente de la accesoria de Yarini donde ejercía Berthe. Se le enviaría recado a Yarini para que acudiera al lugar con cualquier pretexto, y al salir de la accesoria sería acribillado a balazos. Ese sería el final de Yarini y de los chulos cubanos que, al faltarles el jefe, se batirían en retirada. Entre copa y copa, Letot se fue envalentonando. Salió del Club, siguió bebiendo en el Café de Víctor, en Habana esquina a San Isidro, y luego fue a comer a su casa. Se dirigió a la calle Compostela y dobló en dirección a San Isidro. Sus amigos, cumpliendo su promesa, estaban convenientemente apostados.

Mientras tanto, Yarini, sacado de su casa mediante un extraño recado, doblaba por Picota hacia San Isidro y por la acera de la izquierda avanzaba hacia la accesoria situada entre Compostela y Habana. Al pasar Compostela se le unió Basterrechea. Llegaron a la accesoria donde ejercía Berthe, pero que esa noche ocupaba Elena Morales. Cuando Yarini y Basterrechea salían a la calle, Elena se les anticipó y advirtió a Letot, revólver en mano, de pie, frente a la entrada principal de la casa. Al ver a Yarini, el francés comenzó a disparar y una lluvia de balas caía desde las azoteas de las casas de enfrente, donde se habían apostado no menos de ocho de los amigos de Letot. Yarini sacó su revólver, pero no tuvo tiempo de defenderse. Detrás venía, revólver en mano, Basterrechea, que disparó sobre Letot y lo hirió mortalmente en el centro de la frente.

Prosiguió el tiroteo. Basterrechea, al ver a Yarini herido y constatar que la Policía se acercaba, arrojó su arma y se dio a la fuga. Jennie Fontaine corrió hacia el cuerpo inerte de Letot y se abrazó a él. Recogió su revólver y lo desapareció para siempre. Yarini, todavía vivo, yacía en la acera. Una de sus concubinas lo abrazó llorando. La sangre, incontenible, manaba de su vientre.

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En un coche lo llevaron hasta la Estación de Policía de la calle Paula. De allí, en ambulancia, al antiguo Hospital de Emergencias. Los franceses apostados en las azoteas huyeron por los tejados. Basterrechea fue detenido. Varios de los extranjeros implicados fueron detenidos después. Los amigos de Yarini juraron venganza.

A las 10:30 de la noche del 22 de noviembre fallecía Alberto Yarini. Entró en agonía sobre las diez y la noticia corrió por la ciudad. Al llegar los restos a su casa, en Galiano 116 (actual), había ya en la calle personas esperándolo. En torno al féretro, en la capilla mortuoria, montada por la funeraria Caballero, las guardias de honor se relevaban cada cinco minutos. Se calcula que unas diez mil personas desfilaron ante el cadáver para despedirlo.

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El día 24, desde las ocho de la mañana, una multitud compacta esperaba la salida para el cementerio y colmaba la calle Galiano, desde Lagunas a Virtudes, y la calle Ánimas, desde San Nicolás hasta Blanco. A las 9:15 partió el cortejo. Lo encabezaba una carroza imperial tirada por cuatro parejas de caballos, y dotada de cuatro palafreneros, el cochero y un postillón. Seguía el coche con las coronas y detrás la banda de música de la Casa de Beneficencia. El sarcófago era transportado en hombros de seis amigos, que se turnaban por tramos. Detrás, el público cubría más de tres cuadras largas. La gente se agolpó en las aceras para verlo pasar. El cortejo salió por Galiano, buscó Reina y Carlos III y de ahí Zapata. Al llegar a Carlos III, en contra de la voluntad de los amigos más íntimos, se colocó el féretro dentro del coche fúnebre, mientas que la gente lo seguía a pie hasta el cementerio. Detrás avanzaban 200 coches vacíos, entre ellos el del Presidente de la República. Ocho vigilantes de caballería, que se relevaban de acuerdo con las demarcaciones correspondientes, acompañaban el entierro para garantizar el orden. Los encabezaban el mismo jefe de la Policía, brigadier Armando de la Riva, y sus más cercanos colaboradores.

Se celebró el juicio. Basterrechea, el amigo de Yarini, fue absuelto porque Yarini tuvo tiempo de confesarse como el autor de la muerte del francés. Quedaron también absueltos los chulos extranjeros que incitaron a Letot y fueron sus cómplices en el asesinato.

 El cabo suelto en la muerte violenta del Rey de San Isidro fue José Basterrechea, joven vizcaíno de gran belleza física y elevada estatura, al que un encuentro casual con Yarini en el gabinete dental del padre de este convirtió en su mejor e inseparable amigo por razones que escapan a una total comprensión. 

Pepito era de extracción humilde, y aunque poco después de que se conocieran cuidó a Yarini como una madre luego de que este se accidentara al caer desde un balcón, lo que le valió la gratitud de don Cirilo, lo cierto es que seguía comiendo en una fonda de mala muerte a donde Yarini acudía cada tarde.

A pesar del protagonismo que le daba su cercanía con Yarini no se le conoció como chulo, y como tampoco trabajaba, hay que concluir que Yarini los mantenía a él y a su madre, quien detestaba esa relación y no cesaba de rogar a su hijo que se apartara de tan peligrosa amistad. Según testimonios, luego del fallecimiento de Yarini, Pepito mantuvo hasta su propia muerte en la pared principal de todos sus domicilios un retrato de cuerpo entero de Yarini, y se afectaba visiblemente cuando se le nombraba en su presencia. Existe una foto de los dos amigos en la que Yarini está sentado y Pepito, de pie a su lado, descansa su antebrazo sobre el hombro del Rey en una pose extrañamente familiar, casi íntima. En la época, tal colocación era la usual en las fotos de parejas, donde el hombre se mantenía gallardamente sentado mientras la mujer, de pie a su lado, posaba discretamente para la cámara envuelta en sus atavíos nupciales.

Pero lo más curioso fue la nota que Yarini escribió con mano temblorosa en un recetario de hospital de Emergencias minutos antes de que los médicos le practicaran una laparotomía en vano intento por salvarle la vida. En ella se culpaba de haber disparado con su arma la bala que mató a Letot, exonerando así de toda responsabilidad a su querido Pepito, pero… al entregársela al cirujano que iba a operarlo, le advirtió que solo la diera a la policía en caso de que él no sobreviviera a la intervención, pero si lograba vivir, debía devolvérsela.

Testimonios

Según testimonio de los afamados músicos Gonzalo Roig y Sindo Garay, y de otras muchas personas que le conocieron, Yarini tenía una peculiaridad en su carácter que llegaba a inspirar miedo hasta a los hombres más “duros” y marginales de San Isidro: era capaz de pasar de la tranquilidad más asombrosa a estados desmedidos de ferocidad, durante los cuales podía golpear brutalmente a quien hubiera provocado su ira.

Agustín Lara con Sindo Garay

Gonzalo Roig, en la entrevista que le realizara L. Cañizares para su libro San Isidro, 1910 hizo una observación curiosa y muy reveladora para la posteridad: dijo que El Rey tenía una conversación agradable, pero absolutamente insustancial.

El gran escritor cubano Alejo Carpentier lo recuerda jinete en su caballo blanco de cola trenzada y un costo de miles de pesos oro, paseándose con gallardía a la cabeza de las manifestaciones de su partido.

Esta historia fue llevada al teatro y al cine, Réquiem por Yarini, obra bajo los moldes del teatro griego llega a la categoría de tragedia, un tema cubano: el mundo de las prostitutas, la figura del chulo a través de Alberto Yarini Ponce de León sirven de base a la obra, que utiliza la historia real como punto de partida, a la vez que elabora elementos de nuestra cultura popular recrea los dioses del Panteón Yoruba Vio la luz en 1960

Televisión

Ha sido llevado a la television en un teleteatro bajo el nombre: «Requiem por Yarini» 2001, contando con la actuación estelar de Yamil Jaled (Alejandro), Marcial Reyes, Mayra Mazorra (la jabá), Saskia Guanche (la santiaguera), Amarilis Nuñez , Carlos Padron y Frank Reyes.

Teatro

En varias ocasiones ha sido llevado al teatro.

Una fue de las puestas en escena estuvo a cargo de la Compañia Teatral Rita Montaner, en febrero de 2006. Dirigida por Gerardo Fulleda León, contó con un elenco formado por: Alfredo Pérez (Alejandro Yarini), Zoe Zegón (La jabá), Carlos Garcia (Luis Lotot), Oneisi Valido y Yaité Ruiz (La santiaguera), Yanetsi Gómez (La dama del velo), Jorge Luis de Cabo (Bebo, La reposa), Juan Carlos Roque y Alain González (Ismael).

Otra puesta se desarrolló, bajo la dirección de Armando Palma Mendoza, en agosto de 2012. La obra transcurre la noche de la muerte de Yarini, en uno de sus burdeles de la barriada de San Isidro, en la Habana Vieja. Una historia de amor y lucha, donde el mundo de los muertos y los vivos, de la realidad y.

El Teatro del Juglar, también llevó la obra a las tablas, bajo la dirección de Yvonne López Arenal. En el reparto contó con: Gustavo Rex (Alejandro), Xiomara Hernández (la jabá), Jorge Boch (Luis Lotot), Tania Enery (la santiaguera), Raúl Ávila (Bebo la reposa), Pilar Pérez (la Macorina) y Eduardo Arozamena (Ismael).

Cine

Ha sido llevado al cine en versión libre bajo el nombre: Los Dioses Rotos, contando con la actuación estelar de Silvia Águila Pérez (Laura), Carlos Ever Fonseca (Alberto), Héctor Noas (Rosendo) y Annia Bú Maure (Sandra), entre otros.

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Autor: Este articulo ha sido escrito y recopilado por Yanet Arias Paneque, recolectando información de múltiples autores y estudiosos de la historia cubana.

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Por Editorial

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