Hernández Brito exsoldado del régimen cuenta como eran los fusilamientos en La Cabaña

Hernández Brito exsoldado de La Cabaña revela los crímenes del régimen cubano en sus inicios

Vicente Hernández Brito, exsoldado de la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, rompe el silencio sobre las ejecuciones y torturas cometidas por el castrismo al comienzo de la revolución.

“En nombre del pueblo”: el ritual del paredón

Vicente Hernández Brito, un cubano que sirvió como soldado en La Cabaña durante los primeros años del régimen castrista, ofreció un estremecedor testimonio al medio independiente Cubanet.

En un recorrido grabado por la antigua fortaleza, hoy convertida en atracción turística, Hernández reconstruyó con lujo de detalles cómo se ejecutaban los fusilamientos ordenados por los llamados tribunales revolucionarios.

Oficial ejecutor, cumpla la sentencia del Tribunal Revolucionario. En nombre de la patria y del pueblo, proceda”, eran las palabras que precedían cada disparo, cuenta Hernández.

Según relata, todo estaba fríamente calculado. “En el segundo puente había un palo con sacos de arena detrás. Cuando disparaban, el proyectil astillaba el palo al pasar”.

Los gritos de los calabozos: “¡Asesinos!”

Los fusilamientos eran escuchados desde los calabozos. Los presos, aterrados, gritaban “¡asesino!” cada vez que un compañero era conducido al paredón.

Los condenados primero eran llevados a la capilla, donde eran despojados de cinturones y cordones “para que no se ahorcaran”, en un intento cruel de control absoluto sobre su cuerpo y su dignidad.

“El Saladito”: tortura psicológica con gotas de agua

Hernández también denunció los métodos de tortura utilizados por los carceleros del régimen. Uno de ellos, el infame “saladito”, consistía en encerrar al preso bajo un tanque de agua que soltaba una gota constante sobre su cabeza durante horas.

Doce horas ahí te volvían loco, pero no podías moverte ni apartar la gota. La gente se volvía loca”, relató.

Los golpes, añade, no eran con bastones de goma, sino con el mango de las bayonetas. La brutalidad era directa y despiadada.

De prisión a parque temático para turistas

La fortaleza, que en su momento fue uno de los centros de represión más temidos del régimen, es hoy una atracción turística.

Hernández observa con ironía este contraste: “Ahora es para turistas esto… pero esto era malos momentos desde que entrabas. A nada bueno se venía aquí”.

La represión, explicó, no se limitó a los opositores políticos. “A uno por tener dos dólares en el bolsillo le echaron seis años por tráfico de divisas. A otro, tres años por tener una pertenencia legal en divisas”.

Pedro Luis Boitel: un símbolo de resistencia que murió solo

Uno de los momentos más impactantes del testimonio fue cuando Hernández habló de la muerte del opositor Pedro Luis Boitel, símbolo de la disidencia cubana.

“Yo estaba de retén esa mañana y subí a llevar café. Me dicen: ‘Ese que está allá adentro se está muriendo’. Pregunté: ¿Pedro Luis? Me dijeron: sí, es Pedro Luis”, recuerda con voz quebrada.

“Le pedí permiso al teniente para cerrarle los ojos. Cuando murió, los presos empezaron a cantar el himno nacional. Nos acuartelaron a todos. Nadie se podía mover.”

Años más tarde, Hernández se enteró de que existía un premio en honor a Boitel. “Me emocioné mucho. Me dio orgullo haberle cerrado los ojos a Pedro Luis. Él murió porque estaba muy débil”, dijo con profunda emoción.

Un viejo desechado por el régimen al que sirvió

Hoy, en la vejez, Vicente Hernández vive con desilusión. “Yo pensaba que cuando me jubilara estaría tranquilo, sin problemas, con una vejez asegurada. Si no fuera por la ayuda de mi hija, estaría muerto”, confesó.

En un momento de lucidez y crítica directa al sistema que lo utilizó y luego lo abandonó, cuestiona:

“¿Se acabó la salud o no se acabó? ¿La culpa de todas esas cosas la tiene el imperialismo?”

Lección viva: un soldado usado y olvidado

El testimonio de Vicente Hernández no es solo un relato del pasado. Es un reflejo del cinismo y la brutalidad del régimen cubano, que ha usado a miles de cubanos como herramientas al servicio de una supuesta causa, para luego desecharlos como basura.

Su historia debería abrir los ojos a quienes aún justifican o aplauden una dictadura que se ha sostenido por décadas sobre el miedo, la represión y el asesinato sistemático.

 

 

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